Read the article in English

Conozco a Sir John Eliot Gardiner desde hace muchos años. Crecí no muy lejos de su hermana y su familia en York, antes de cantar para él en el período cercano a y más allá del proyecto Bach Cantata Pilgrimage en 2000. Durante aquel año, visitamos Barcelona y el Palau de la Música. Recuerdo quedar deslumbrado por la arquitectura y la sensación de estar en un importante centro musical. Quince años más tarde, después de haber partido hacia la concreción de mis intereses en el teatro, John Eliot y yo nos encontramos nuevamente en Royal Opera House en Londres (otro centro de excelencia musical), cuando trabajaba como asistente de David McVicar en su producción de Le Nozze di Figaro. Por efecto de la casualidad, a continuación de Semele esta primavera, John Eliot y yo trabajaremos juntos en la misma producción de Figaro, cuando vuelva a reponerla en ROH en junio.

Estoy encantado de que John Eliot me haya invitado a escenificar Semele con él este año. Sé lo importante que es la obra para él, habiéndola grabado hace tantos años y formando parte de las primeras óperas de Händel que ha dirigido.

La presentación de Semele en Barcelona (tanto como en Londres, París, Milán y Roma) será una escenificación para concierto. Prefiero este rótulo al de ‘semi-montaje’, donde las expectativas suelen elevarse más allá de lo razonable. No hay nada ‘semi’ o a medio camino acerca de una buena ‘escenificación de concierto’. En mi opinión, es difícil encontrar mejor oportunidad en lo que respecta al drama de la ópera. Permitir que la música se ubique al centro de la escena, literal y metafóricamente; permitir que el público vea a los intérpretes y permitir que el relato atraviese el texto, la música y el modo en que se interpreta dan lugar a algunas de las actuaciones más visceralmente poderosas. ¿Por qué? Porque, a mi entender, sin recurrir a una escenografía detalladamente realista o a una escenificación sumamente conceptual, es posible (y de hecho necesario) inspirar la imaginación del público. Debería ser el objetivo de todos aquellos que hacemos teatro, cualquiera sea la situación. No se trata de aquello que nosotros pensemos, como nuevos relatores de la historia, sino lo que el propio relato, a través de la música y del texto, pueda inspirar a que el espectador/oyente mismo piense, pudiendo generar así una experiencia teatral verdaderamente única y satisfactoria, cualquiera sea el contexto.

Esto último es de particular importancia cuando la historia se trata de un mito. Entiendo que los mitos son historias de relevancia para todo el género humano, en cualquier parte del mundo. Externalizan características psicológicas comunes en los humanos y, de tal modo, nos permiten reconocer y explorar nuestros mundos interiores como si estuvieran por fuera nuestro. Es por ende fundamental que debamos imaginar por nosotros mismos, encontrar nuestras propias referencias internas, reaccionar a la historia de modo personal sin mayor ‘guía’ o interferencia de un director o diseñador, a fin de descubrir el verdadero valor de un relato.

Debo agregar que Semele fue concebida como una ópera disfrazada de oratorio por razones de conveniencia política y de necesidad financiera en aquel entonces. Fue concebida con caracterización dramática y claridad en mente, pero sin la parafernalia de la magia teatral tan popular de aquellas épocas.

De modo que interpretar Semele en una escenificación para concierto, con tan maravillosos músicos y colaboradores, es en muchos sentidos la mejor manera de hacerlo.

Como siempre, el aspecto humano es crucial. Como muchas óperas de su tiempo, la música dramática de Händel requiere de un cierto nivel de estilización. No funcionaría tratarla de modo meramente naturalista, o al menos no en el sentido moderno de lo que comprendemos por naturalismo. El coro en Semele, por ejemplo, funciona como un coro griego, comentando al mismo tiempo en que participa de la acción. El realismo no es aquí la meta; el artificio es evidente… a la vez que se encuentra atravesado por lo humano. Es algo esencial y que merece el esfuerzo por lograr que así se perciba, junto con el esfuerzo por permitir que el genio de Händel se exprese.

Los temas en Semele deben ser tratados de modo delicado. En parte comedia, en parte obra moral, la historia se refiere a una mortal que se enamora de (y cuyo amor es correspondido por) el dios de dioses, Júpiter (Zeus en el mito griego original, previo a que Ovidio lo incluyera en el libro tercero de sus Metamorfosis). En la versión griega, tienen un hijo, Dioniso (Baco), dios del vino, pero en Ovidio, en el libretto adaptado por Congreve, Semele muere al insistir a su amante inmortal que se revele a sí mismo en su forma divina. Bien sabe Júpiter, quien es engañado a fin de prometerle que su deseo será cumplido, que esto es algo que le ocasionará la muerte (había lucido como un mortal hasta ese momento).

La lectura tradicional es que la vanidad es responsable del desenlace. Juno, disfrazada de la amada hermana de Semele, da a la protagonista un espejo. Como esposa de Júpiter, no es de extrañar que sea Juno quien se aplique a la tarea de diseñar la caída de Semele. La protagonista canta el aria ‘Myself I shall adore, if I persist in gazing‘ (‘Me adoraré a mí misma, si persisto en observarme’). ‘¿Deseas ser inmortal?’, dice Juno vestida de Ino, ‘pues ya casi lo logras. ¡Sólo haz a tu amante prometer que aparecerá ante ti en su forma divina!’. Pero hay más. Semele está enamorada de Júpiter, tanto como él lo está de ella. Dado que es un dios y reina por sobre los demás dioses, la situación no resulta fácil para una simple muchacha de Beocia, hija del héroe local Cadmo. Y tampoco hace las cosas más fáciles al padre. La gente poderosa puede tener una poderosa influencia, de modo que la vanidad no es la causa subyacente. Aquello por lo que Semele sufre es algo mucho más humano y familiar que ello. Aquello que la aqueja es el temor de perder lo que más ama y aquello por lo que más podría ganar. Cuanto mayores el premio y el temor, más intentamos aferrarnos a ello.

Con bellos nuevos vestuarios creados por la diseñadora holandesa Patricia Hofstede y con iluminación de Rick Fisher (Monteverdi 450), nuestra escenificación mantiene la música como elemento central, resaltando el vigor, la energía y el estilo de la propuesta, con énfasis en los vínculos humanos.

NOTA DEL EDITOR

Philharmonie de Paris
Lunes 8 de abril de 2019 a las 7.30pm

Palau de la Música, Barcelona
Miércoles 24 de abril de 2019 a las 8.00pm

Alexandra Palace, Londres
Jueves 2 de mayo de 2019 a las 7.30pm

Teatro alla Scala, Milán
Lunes 6 de mayo de 2019 a las 8.00pm

Sala Santa Cecilia, Roma
Miércoles 8 de mayo de 2019 a las 8.30pm

Los solistas a cargo de los roles principales son Louise Alder (excelente Calisto en la última producción del Teatro Real de Madrid), Hugo Hymas, Lucile Richardot, Carlo Vistoli y Gianluca Buratto.