Sueños cumplidos – Entrevista a Ermonela Jaho

Ermonela Jaho © Fadil Berisha

En el posible París futuro de la ficción de Les Huguenots según la mirada del director de escena Andreas Kriengenburg sobre el escenario de la Ópera de París, los hugonotes vestían estrictamente de negro en contraste marcado con los personajes católicos, que lucían colores más vivaces. Tocó a Ermonela Jaho estar caracterizada de verde, ella que encarnaba en Valentine, la única y última esperanza, si no de propiciar la paz entre ambas facciones, al menos de hacerles observar su error pertinaz.

Al conocernos, a la salida de una de las funciones, acaso fuera casual que estuviera vestida sobriamente de negro y cubierta con un abrigo verde. Pero puede acaso también que, en su fe en los sueños, como leeréis más adelante, dedicara el guiño a los fans que la esperaban, sutilmente prolongando el encanto de la velada. No puedo decirlo a ciencia cierta, claro, pero sí puedo decir, después de haber discutido el personaje y su carrera con ella, que Valentine y Jaho comparten profundamente una fe que excede cualquier credo en particular y que no habría resultado posible contar con otra soprano que, aparte de dar con las dificultades técnicas del rol, hubiera logrado conectar con aquello que mueve al personaje y a entregarse, por ende, tan intensamente al mismo.

Desde que su carrera se catapultara en los escenarios mundiales, luego de haber reemplazado inesperadamente a Anna Netrebko en La Traviata, de Verdi, en el Royal Opera House de Londres en el año 2008, junto a Jonas Kaufmann y Dmitri Hvorostovsky, la soprano albanesa no ha hecho más que consolidar su fama en el rol, así como especialmente en papeles de Puccini. Madrid, de hecho, la ha visto en su magnífica Madama Butterfly, cuyo registro perdura como parte del documental que no hace mucho se lanzara acerca del Teatro Real, así como más recientemente en una versión en concierto de Thaïs de Massenet junto a Plácido Domingo. Esta nueva temporada la verá como Violetta Valéry en París, Londres y Berlín, Anna de Le Villi en Londres, Magda de La Rondine nuevamente en Berlín, Cio-cio San en Munich y Wiesbaden, Suor Angelica también en Munich y, finalmente, Anna Bolena en Australia, de retorno al repertorio de bel canto con que se identificara mayormente en sus primeros años de carrera.

Suor Angelica, (c) ROH, Bill Cooper (2016)

– Me gustaría comenzar por dos lugares y fechas. Primeramente, Bolonia en el año 2000, en tu debut profesional e interpretando a Mimì y, luego, Traviata en Londres en 2008, que fue definitivamente un punto de inflexión en tu carrera. 
– Es verdad. Sobre el primero, sólo puedo decir que era muy joven, que fue algo realmente especial, pero que de hecho no recuerdo tan bien. Fue de esas oportunidades que, cuando lo haces, das el 100% y fue importante comenzar en ese teatro, en Italia. Pero el momento crucial en mi carrera lo marcó Londres. La carrera del cantante es interesante; había cantado Traviata muchas veces, y era un rol con el que había soñado desde el momento en que comencé a pensar en ser cantante de ópera. Cuando me llamaron [del Royal Opera House de Londres] estaba en Nueva York, y en ese momento hacía un tiempo ya que no cantaba Traviata, de modo que me preguntaron si tenía ganas de ir, pero no de cantar, ya que era en caso de que mi gran colega, gran cantante y amiga mía, no pudiera cantar. Estaba un 90% asegurado que ella cantara. Y me dije “Dios mío, OK”, pero aún pensando en que no iba a cantar. Nunca había estado en ese teatro y por supuesto que tenía en mi mente todas las imágenes y grabaciones ocurridas allí, como Maria Callas haciendo Tosca. De cualquier modo, volé durante la noche, llegué al aeropuerto en Londres y miré mi teléfono pensando “Ah, gracias a Dios, no ha llamado nadie”, con lo cual me sentí más segura. De modo que fui al hotel y a las dos horas de haberme instalado me llaman y me dicen “Cantas tú”. [Graciosa y candorosamente, su relato comienza a acelerarse.] No puedo explicar lo que sentí, fue como… aaaaaah, y sólo tenía dos o tres horas de ensayo en un estudio, sin la escenografía. Yo jamás había estado en el escenario. Mi cabeza funcionaba como una esponja tratando de recordar todos los detalles, y me imaginaba la escena, dónde pararme, por dónde entrar, en qué momento salir. No tuve tiempo de actuar como una diva. [Risas.] Los únicos a quienes conocía eran a Jonas y a Dimitry, con quien había cantado la obra en Nápoles. El director de elenco salió dar el anuncio pidiendo disculpas porque Anna no se sentía bien, de modo que cantaría otra soprano. Él me presentó con bellísimas palabras, pero el público quería ver a Anna, de modo que temí no agradarles. Pero en el momento en que sonó la primera nota me dije   “¿Te gusta estar aquí? ¿No era tu sueño cantar Traviata, y en este teatro?” y fue como, de repente, observar toda mi vida en retrospectiva; me dije “Si perteneces a este lugar, intenta demostrarles cómo cantas y lo que puedes hacer”. Finalmente, fue un gran éxito, pero para ello debes estar en el momento, puesto que nada llega así nomás [Chasquea los dedos.]

– En ese observarte en retrospectiva, ¿recuerdas momentos puntuales de tu pasado que se hayan aparecido?
– En los comienzos, siendo completamente honesta, no a todo el mundo le gusta tu forma de cantar. Albania estuvo durante 50 años bajo el comunismo. Yo no crecí con ópera a mi alrededor. La primera grabación que escuché fue, en cassette, con Maria Callas. A mis 14 años, recuerdo que fui a la ópera por primera vez: Traviata. Me enamoré perdidamente y me dije “No moriré sin cantar esta obra al menos una vez en mi vida”. Hasta ahora, la he cantado 250 veces. Recuerdo que cuando me fui de Albania a Italia a estudiar tenía este sueño magnífico, pero me resultó difícil encontrar mi camino y me esforcé por mejorar y mejorar al punto de que ya no pudieran ignorarme. Otra cosa más que seguramente debo haber pensado en ese momento es que si efectivamente lograba que mi presencia valiera la pena, iba a poder volver al teatro, pero si no, una puerta se cerraría para siempre. Uno duda de sí mismo; amo cantar, pero al momento de subir a un escenario, uno sabe que va a ser juzgado y de que no a todos les gustarás. Es el tipo de peleas que uno sostiene con sus emociones, ¿puedes imaginarlo? ¡Todos esos pensamientos antes de cantar Traviata! [Risas.]. Ese tipo de vulnerabilidad, que a veces llamamos debilidad, aunque no es tal, es lo que te conecta con la gente, de dondequiera que sea; esa vulnerabilidad que no nos animamos a compartir es lo mejor de un artista y la clave para conectar con la gente, ya que es la misma razón por la que el arte existe.

En sus propias palabras, haber retornado a Londres en sendas oportunidades, claramente, provocó que las expectativas fueran cada vez más altas, pero Jaho bien ha percibido lo que el público londinense siente por ella: el mismo cariño entrañable que la mayoría de los públicos que han tenido la oportunidad de escucharla en vivo y que sus colegas. La soprano Lisette Oropesa, Marguerite de Valois en la presente producción de Les Huguenots, ha manifestado en Twitter la profunda admiración que siente por su compañera de elenco. Efectivamente, el arrobamiento que provoca Jaho se debe a arduos años de trabajo y la más absoluta honestidad; habla tan apasionada y generosamente como canta. “Lo que intento siempre es exponer mi vulnerabilidad mediante la voz. No porque tenga la mejor voz del mundo, ni la más grande. Soy honesta al respecto. He encontrado la clave de dar a mi voz el color de mi alma. Y creo que el público espera eso de mí, lo sé. No se trata de algo que podamos fingir en escena, porque el público es capaz de percibir esa falsedad. De modo que es una gran responsabilidad volver a Londres, o a cualquier otro lugar. Cuando vuelvo a Albania, me siento aún más juzgada porque allí hay gente que conozco y quizás uno debería mostrar más”, dice dubitativa entre risas, descreída de que se trate sólo de una mostración. Luego de 25 años de carrera, todos los teatros se sienten como el hogar y una gran responsabilidad.”

En grabaciones de Zazà de Ruggiero Leoncavallo (c) Russell Duncan

– ¿Cómo se modifica esa responsabilidad cuando se encaran papeles virtualmente desconocidos por el público actual como Vestale, Valentine, Zazà?
–  En algún punto, es mayor. Por ejemplo, La Vestale hoy es conocida gracias a Maria Callas. Cuando vi la partitura, la original, casi el setenta y cinco por ciento era distinto a lo que había escuchado, porque ahora lo leía en la tonalidad original, y se sentía como música barroca, no tan verista, lo cual resultaba particularmente difícil dado que todos querían comparar con Callas. Amo a Maria Callas, por todo el amor y la pasión que solía llevar consigo a escena, pero me dije a mí misma que no quería imitar a nadie. Aún siendo mi ídolo, no sería más que una mala copia. Cada quien es único y debe aportar algo único.  Lo mismo podría decirse de Valentine. Esta vez aprendí un montón; la primera vez que escuché Les Huguenots, fue una grabación de La Scala con Corelli y Simionato cantando Valentine. De modo que me dije a mí misma “No puedo aceptar este rol”. Ahora bien, cuando leí la partitura, dije “Sí, no soy una soprano Falcon, pero tengo la tessitura, así que puedo probarlo” (1).  Una vez más, no puedo más que intentarlo y poner en ello mi corazón, mi amor, mi alma. Zazà fue un caso distinto, mucho más cercano a mí, por ser música verista. Siempre intento buscar la emoción que permita que el personaje se conecte conmigo. Si no logro conectar emocionalmente, no hay nada que pueda ofrecer al público.

Stephen Gaertner & Ermonela Jaho, Zazà de Ruggiero Leoncavallo en concierto (c) Russell Duncan

– En ocasiones ha hablado de ser una observadora nata. Iba a preguntarte por Valentine, pero ya que estamos con Zazà, ¿hay personas o situaciones cuya observación te haya permitido descubrir más del personaje?
– Todos tienen una historia. Todos la tenemos; llevamos un archivo dentro nuestro. Aún inconscientemente, poseemos ese material. En Zazà, especialmente, lo que encontré fue algo que no esperaba, honestamente. Fue el diálogo entre Zazà y la nena, la hija del amante de Zazà. Cuando hablaban, mientras Zazà pedía perdón y le aseguraba que no quería alejar a su papá, ella hablaba desde el lugar de alguien que había sido abandonada por su padre y que no tenía contacto con su madre. Esto es algo que yo no había sabido entender en aquel entonces, pero mi madre había sido abandonada por sus padres. Ella quería ser cantante y no logró hacerlo. Nos tenía a nosotros, sus hijos, y nos amaba. Luego yo me convertí en cantante y, de alguna manera, cumplí ese sueño por ella, pero creo que ella nunca hizo las paces con el hecho de no haber tenido a sus padres con ella. Me conmovía mucho verla llorar a veces cuando era niña. Esos recuerdos están dentro, y cuando comencé a estudiar Zazà, pensaba en encontrar la clave para conectar con el personaje y que no resultara aburrido. Al llegar a esa página, comencé a llorar y comencé luego a sentir que estaba cantando a través del espíritu de mi mamá. Ella falleció, desafortunadamente. Me resultaba tan doloroso cada vez que llegaba a esa escena. En el concierto [anteriormente, había realizado un registro discográfico para el sello Opera Rara], veía al público inglés llorar. En fin, esa fue una anécdota más personal, pero me gusta ir a todo tipo de lugares y observar, lo cual ayuda a que uno mantenga los pies sobre la tierra, en tanto uno ve a la gente experimentar dificultades a veces en la vida y es testigo de esa vulnerabilidad. Creo que hemos fracasado como artistas, si no podemos llevar esa vulnerabilidad a nuestro trabajo. Valentine, por ejemplo, a quien suelo describir como una flor en medio de la tempestad.  Como ella, creo en el amor incondicional. Creo en soñar y hacer esos sueños realidad. Cuando era niña en Albania, existía una realidad – vivir bajo el comunismo y bla bla bla -, pero luego estaba la realidad de los sueños. Yo mantenía un diario de niña, mientras comenzaba a pensar en convertirme en cantante de ópera. Es gracioso cuando lo leo ahora porque había cosas que no podía decir por miedo a que dijeran que estaba loca, pensando en la ópera cuando había problemas más urgentes. Entonces no podía hablar de eso en la vida real, pero después… “Querido diario, espero un día cantar tal o cual ópera, y cuando cante Traviata, me gustaría hacerla de tal forma, y con Butterfly…”. Me resulta increíble leerlo ahora; pienso “¡Wow!”. Ha sido difícil llegar a este lugar, ¡pero aquí estamos! Nada es imposible.

 

http://www.ermonelajaho.com

 

NOTAS AL PIE

(1) Marie Cornélie Falcon (1814-1897) fue una soprano francesa que supo conjugar graves de mezzosoprano con agudos de soprano, dando lugar a la clasificación “soprano Falcon” en generaciones venideras. Fue la encargada de crear, entre otros, los roles de Rachel en La Juive de Halévy y de Valentine en Les Huguenots de Meyerbeer.