Semiramide representa el culmen del clasicismo operístico, la perfección formal alcanzada por Rossini tras un recorrido que lo ha llevado de la pureza y la simplicidad del Tancredi, a lo que definiría, con una contradicción, una “monumentalidad íntima”.

Se trata de una ópera que, aún manteniendo la estructura de números cerrados, mira ya al futuro; los recitativos son acompañados por la orquesta y, a menudo, se integran con la parte musical; las introducciones son fuertemente descriptivas y, como ocurrirá después, por ejemplo, en los poemas sinfónicos lisztianos, no se limitan a delinear la exterioridad de la acción, sino que la profundizan, suscitando en el oyente el estado de ánimo que dicta cada situación. Además, con su monumentalidad, conseguida a través de la instrumentación, la trama y la forma, entra en la intimidad de quien la escucha y lo envuelve en un profundo nivel emocional.

Naturalmente, no faltan números más “superficiales”, como las cabalette de los dúos y de las arias, pero esto pasa casi a un segundo plano ante la suntuosidad de todo el resto.

Las dificultades a la hora de afrontar semejante obra maestra son múltiples: los solistas tienen que poseer un absoluto dominio técnico, precisamente, para no quedar limitados en la expresividad, y el director tiene que estar al servicio de las exigencias vocales específicas; a menudo, durante el estudio teórico de la partitura, se deciden unos tempi concretos, colores, sonidos y effetti que, durante la realización, pueden resultar inadecuados para la persona con la que estamos colaborando: en ese caso, es obligatorio cambiarlos, tanto si afectan al cantante como a la orquesta. Cada artista es único y, por tanto, cada elección técnica o interpretativa tiene que ser también única.

Un punto fundamental sobre el que se discute mucho es el tempo de ejecución: ¿cuál es el correcto? No existe o, mejor dicho, no hay un tempo correcto. “El tempo correcto es aquel en el que el cantante es capaz de cantar”: una base de partida muy sabia de la que es muy importante no olvidarse nunca; si para obtener un Allegro obligo al cantante al jadeo, no permitiéndole respirar y obligándolo a perder las notas, ese tempo, por mucho que sea “teóricamente bonito, emocionante y eficaz” es equivocado. Como señalaba antes, no existe la interpretación definitiva: ninguna ejecución es comparable a otra, porque los cantantes, la orquesta, la velada e incluso el público cambian. Esa es la belleza del arte: el hecho de ser único debido a su constante devenir (como podréis suponer, no amo para nada las grabaciones).

¿Y para los colores y todas las otras elecciones interpretativas? Aquí me ayuda Rossini. Cada nota nace de la palabra para la que está escrita y lo importante es mantener esta perfecta unión; el texto traza la situación, y es partiendo de esta base cómo escribe Rossini: si se pierde la coherencia entre las palabras y la música, se pierde todo.

Semiramide también es una ópera única por esto: parece haber dejado atrás los efectos virtuosísticos como fin en sí mismos para proponer algo que los supera, presagiando lo que será el Guillaume Tell, y el Romanticismo.

¿Cómo será esta Semiramide? Todavía no lo sé. Espero a reunirme con los cantantes, el coro y la orquesta, y comenzar a trabajar junto con ellos: el resultado lo descubriremos juntos.