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La edición de Abbado de Il Barbiere di Siviglia de Rossini con Hermann Prey, Luigi Alva y Teresa Berganza es la razón por la que me enamoré de la ópera de niña. Solía mirarla tanto que la cubierta de papel del vídeo gradualmente se fue desintegrando.

Mi obsesión por Rossini nunca me ha abandonado, verdaderamente, y encontró su voz más tarde en mi amor por la música de Paganini, no sólo en tanto exhibición instrumental, sino como si se tratara, también, de la voz operística del violín. Rossini solía bromear acerca de cuánta suerte tenían él y sus colegas de que Paganini no hubiera decidido escribir ópera, dado que los habría superado a todos. No es solamente música acrobática, sino ingeniosa, llena de personajes que van desde lo heroico a lo elegantemente romántico, imitando recitativi y sillabati, grandes arias, bellísimos cantabili y efervescentes cabalette, todo repleto del sonido de la lengua italiana. No hay nada como las variaciones líricas de Paganini, o al menos así lo creía, hasta que no pude más que quedarme atónita cuando escuhé por primera vez la adaptación de Figaro de Mario Castelnuovo-Tedesco: una versión irónica de Largo al factotum.

Encontrar a mi pieza favorita de la niñez en una versión pensada especialmente para uno de los más increíbles virtuosos de la historia, Jascha Heifetz, fue emocionante y me sentí predestinada a encontrarla. Mi pianista Francesca y yo comenzamos a interpretar esta pieza increíble, cuando un día nos contactó la nieta Castelnuovo-Tedesco, Diana, que nos había escuchado tocar en la Radio 3 de la BBC. Más tarde, ella nos ayudó a conseguir algunos de los manuscritos jamás publicados ni interpretados y el entusiasmo que nos provocó hizo que debiéramos incluirlos en nuestro CD Suite Italienne.

Junto con Figaro, grabamos de hecho otras dos paráfrasis más: Rosina, nuevamente de Il Barbiere di Siviglia de Rossini y Violetta, a partir de La Traviata de Verdi. En palabras del propio compositor: “Escribí con total impertinencia: siguiendo escrupulosamente la línea melódica de la voz, no obstante con gran cantidad de ornamentaciones, pero disfrazándola con el acompañamiento del piano mediante armonías mordaces y pasajes completamente imaginativos de mi propia invención”.

Tocar esta música pensando sólo en violín en vez de la voz es un error, lo cual lleva a que las paráfrasis líricas sean habitualmente maltratadas por los instrumentistas en modos diversos. El propio Castelnuovo-Tedesco dice seguir la línea vocal y que cada adición proviene del personaje que inspira el trabajo. El violín, cuya naturaleza virtuosística y expresiva se glorifica y es empujada a ocupar el lugar que en el teatro ocupa el cantante, encuentra la maravillosa complicidad del piano, con su propia voz, la complicidad expresada en el compositor del siglo XX volviéndose hacia la gloriosa tradición lírica italiana con afecto y nostalgia mientras que la viste con un vestuario nuevo y divertido.

Una de las ventajas de estar casada con un director de orquesta es la de poder ver montones de presentaciones de óperas, que adoro y que no me involucran profesionalmente de ninguna manera, constituyéndose simplemente en un momento ameno y distendido. Me fascina cuán complejo es el teatro y cómo cada pequeña pieza ocupa su lugar de manera perfecta en el momento en que el mecanismo, casi mágico, entra en funcionamiento. Me he sentido siempre inspirada por el canto, de modo que escuchar ópera me resulta maravilloso y me brinda todo tipo de consejos sobre ritmo y fraseo, que creo que deberían ser obligatorios para la consideración de cualquier instrumentista.