Margarita a deshojar

Una propuesta de lectura para el Fausto criollo, obra de 1866 del autor argentino Estanislao del Campo: una visita ingenua al Teatro Colón se convierte en el relato gauchesco que Anastasio el Pollo construye tras presenciar la obra de Gounod. La obra es una poética que percibe realidad y ficción, sin distinguirlas.

Me quiere, no me quiere. Te quiso, Fausto. Cautiva del amor, cautiva de Campo, de los ángeles y demonios, de entre los cuales Mefistófeles es apenas un esbozo.

© Eulogia Merle

En la Pampa húmeda de la producción gauchesca, allá por los mil ochocientos y pico, Estanislao del Campo escribe el Fausto criollo. Fusión de lenguas, la arena de los discursos que la cultura popular presta a la alta cultura. La voz de Anastasio el Pollo, un gaucho errante, turista en la ciudad de Buenos Aires, revive su visita al Teatro Colón sin saber del teatro y su ficción, sin sospechar que eso de carne y hueso que recrea a un demonio entre miles posibles es una metáfora de fantasmas terrenales. Sin descreer de lo que sus ojos ven, presencia tres muertes, un pacto, dos Faustos: el de Goethe y el de Gounod. Entonces se sienta a la sombra de la tarde a relatar aquello que presenció. Su compañero, Laguna, es un elemento más del paisaje que se desborda como reafirmación de la pertenencia, como pinceladas del espacio robado a la apropiación, al avance del Estado siempre avasallante. En ese marco de ficción, espejo de la realidad que denuncia del Campo, que retrató Hernández y que sin eufemismos pintarrajeó crudamente Echeverría, «el personaje puede vender su verdad como si fuera mentira». El gauchaje sometido, la Pampa extensa y apropiada, las realidades de una nación en (de)formación aparecen en la voz narradora como ficción, poema de autor y obra consumida por la cultura letrada del momento. Una verdad denunciada que deviene mentira, se ficcionaliza para encontrar por esa vía su descubrimiento. Esta operación es inversa al interior de la obra, la mentira ficcional (el diablo y la muerte) se recrea en la voz del Pollo como realidad cruel, como lastimosa espectación de una tragedia material.

Al igual que Héctor Libertella “No ví el Fausto de Gounod en Buenos Aires. No. Aunque como pudo ocurrirle a Anastasio el Pollo, tal vez llegué ese día al Teatro Colón y dejé atado el caballo bajo la enorme magnolia de calle Libertad” y desde ahí, tal vez, hoy la historia que Anastasio cuenta de lo que Gounod representa pueda leerse más o menos así: hay un punto de fuga, Margarita. En ella la realidad y la ficción confluyen. Representación de la mujer en su femineidad tallada, escultura ideal de belleza, fría, noble, rubia, blanca. Digna de lástima y moldura a gusto. Servil al encanto malicioso por ingenuidad o deseo; por inocencia y sujeción deseante. Anastasio, Laguna y Fausto la recorren como un cuerpo errante (cual gaucho solo en la Pampa) y lagrimean porque se escurre. Pero la dejan sujeta a su pertenencia de género configurado, a ser entrega pura y total o rebelde por desquicio. No admiten su rebelión sin dotarla de locura. Ella es la realidad más honda en esa ficción itinerante de la ópera que Anastasio ve sin saber, «canta por todos lados el gaucho barítono, sin necesidad de entrar en la Ópera». Prólogo de Yerma, mata a su hijo, deviene bestia rescatada por ángeles que compiten con Mefistófeles por ese cuerpo ya entregado a locura enajenante. El Pollo y Laguna la lamentan en su pérdida, de alma, de razón e inocencia pero en ella nace la realidad creciente de géneros rebeldes. Mientras ellos lloran, hay un nosotrxs que entona: «Sancta Margarita, ora pro nobis«.