Hubo un tiempo en que Les Huguenots era la ópera más querida de teatros y público. La obra ideal para las grandes noches festivas, de puesta de largo, para las funciones de gala. En el Teatro Real de Madrid, por ejemplo, aún a día de hoy es el título que más veces ha inaugurado temporada en su dilatada, aunque interrumpida, trayectoria. En el Liceo de Barcelona la ópera se ha visto 225 veces, ocupando el séptimo lugar de lo más representado del teatro (aunque las últimas funciones fueran en 1971).

Durante muchos años, uno de los pocos registros videográficos de la ópera que circuló por el mercado melómano provenía de la Deustche Oper berlinesa, con un reparto bastante competente (Leech, Peacock y Denning) pero con una extraña puesta en escena de John Dew y una partitura amputada a la mínima expresión por Stefan Sotlesz. En 2016 el mismo teatro volvió a presentar la obra dentro del ciclo Meyerbeer, afortunadamente en una versión casi completa, producción que se recuperó estas últimas semanas antes del cierre total debido a la pandemia coronavirus. Asistimos a la función del día 8 de marzo.

Si en las representaciones de 2016 la complicada parte de Raoul de Nangis estuvo encomendada al mediático Juan Diego Flórez (que desde entonces ya no ha vuelto a repetir), para este 2020 inexplicablemente se pensó en el coreano Yosep Kang, que tan mal recuerdo dejó en la producción parisina de 2018. Afortunadamente, el teatro berlinés parece que recapacitó y acabó encomendando el papel al ruso Anton Rositskiy. El cantante posee una voz importante, bien timbrada y proyectada, aunque en algunos momentos se eche en falta algo más de distinción en su canto (en la romanza Plus blanche que la blanche hermine) o un mayor control del instrumento (en el aria Aux armes, mes amis). Pero en general su prestación a lo largo de la extensa partitura fue admirable, con una resistencia vocal sorprendente en una parte tan problemática.

A su lado, la Valentine de Olesya Golovneva alcanzó un nivel excelente en una parte no menos erizada de dificultades. La soprano posee un registro amplísimo, desde unos graves con presencia hasta un agudo brillante, a lo que hay que añadir una magnífica interpretación, llena de patetismo y nostalgia. Sus dúos con Marcel en el acto tercero o el famosísimo dúo de amor con Raoul en el cuarto fueron los momentos más extraordinarios de la velada. ¡Brava!

Liv Redpath, conocida por el público barcelonés como ganadora del segundo premio de la 56 edición del Concurso de Canto Francesc Viñas, interpretó al fascinante personaje de Marguerite de Valois. Con una técnica irreprochable, quizás le faltó algo más de sensualidad a su prestación (en la bellísima Ô beau pays) y picardía (el no menos etéreo dúo con Raoul Beauté divine). Su timbre es agradable y de buena proyección, pero con poca personalidad.

Excelente en todos los aspectos el Marcel de Ante Jerkunica. Hacía tiempo que no escuchábamos a un bajo que hiciera justicia a la parte de tal forma. En Marcel recae el peso del himno luterano, Ein feste Burg, que Meyerbeer repite y varía hasta la saciedad durante toda la partitura, tanto de forma solista como bajo las más complicadas construcciones vocales. Es necesario por tanto un cantante que destaque en medio del frenesí violento con que poco a poco se va tiñendo la ópera. Jerkunica ya nos brindó un cómico al mismo tiempo que amenazante Piff, paff y sobresalió en el cantus firmus del finale del acto segundo. Afortunadamente, en las representaciones berlinesas se añadió a la partitura tradicional, aunque de forma fragmentaria, el coral que Marcel canta en el acto tercero, un episodio descartado por Meyerbeer antes del estreno de la ópera, y que nos permitió disfrutar unos minutos más de la imponente interpretación de Jerkunica, que culminó en el gran trío del acto quinto, desgraciadamente también fragmentado en su parte final.

Intrascendente el Nevers de Dimitris Tiliakos y sobresaliente el Saint-Bris de Derek Welton con una imponente escena de los puñales en el acto cuarto.

Es una pena que un reparto tan satisfactorio estuviese lastrado por una dirección orquestal tan dubitativa y descontrolada como la de Alexander Vedernikov. A lo largo de la larga velada se sucedieron en varias ocasiones las descoordinaciones entre escenario y foso debido a unos tempi imposibles, sin ningún atisbo de poesía y fineza. Los tan excelentes coro y orquesta de las noches anteriores sonaron esta vez extraños, sin empaste, poco más allá de la simple corrección, algo que hizo caer el largo espectáculo en el sopor y el
hastío.

Hastío al que también contribuyó la errática producción escenográfica de David Alden, dominada por una estructura de inmensas vigas de madera bajo la que colgaba una gran campana (suponemos la de Saint-Germain d’Auxerre que marcará el inicio de la masacre) y que curiosamente no apareció cuando la
partitura la requería (final del acto cuarto e inicio del quinto). Bajo tal techumbre se desarrolló la colorista fiesta de Nevers (aunque con una parsimonia de movimientos desesperante), el idilio de Chenonceau (llenado innecesariamente de ridículas sirvientas con plumero) o el Pré-aux-Clercs del acto tercero (aquí convertido en una extraña misa en que se mezclaban protestantes con católicos). Afortunadamente el magnífico acto cuarto transcurrió únicamente ante el fondo de una serie de retratos renacentistas que si no aportó nada al gran momento musical, al menos no lo empañó. Bien resuelto escénicamente, el sangriento final, con el fuego y el estruendo de las armas.

Queremos acabar esta serie de crónicas meyerbeerianas agradeciendo la labor de la Deutsche Oper berlinesa por haber apostado por un compositor tan denostado como Meyerbeer, cuya obra pide a gritos una recuperación que afortunadamente poco a poco va teniendo lugar. Esperemos que el ciclo berlinés no acabe aquí.