Álbum de interpretación intensamente personal, Alpha Classics ha lanzado La Passione, tomando el sobrenombre de una de las obras que aquí lleva adelante la soprano y directora de orquesta Barbara Hannigan, al frente de la Ludwig Orchestra, en una constelación de obras compuestas por Luigi Nono (1924-1990), Franz Joseph Haydn (1732-1809) y Gérard Grisey (1946-1998), y que ofrecen variadas perspectivas sobre muerte y transformación.

En tiempos de desconcierto y transición como los actuales, la voz desnuda de Hannigan en la primera obra, Djamila Boupachà , monodia para soprano únicamente, es de efecto galvanizante; aunque crudo como dispositivo musical, la propuesta político-filosófica de Nono (Djamila Boupachà es el nombre de la exmilitante argelina, símbolo de la liberación de una nación, torturada por tropas francesas) tiene en Hannigan a una intérprete de lujo que admite haber revisitado esta obra en numerosas oportunidades en los últimos diez años como “parte de mi exploración del belcanto moderno”. Allende la dificultad técnica de la obra y el arrojo necesario para su ejecución, Hannigan se erige eminentemente “belcantista” en cuanto a su solidez y a su capacidad de sostener calidez y brillo vocal de principio a fin, sin dejar de lado, desde ya, la emoción palpable de su actuación y una muy buena dicción del texto en español del escritor Jesús López Pacheco.

El álbum continúa con la Sinfonía Nº 49 de Haydn en que Hannigan dirige ejemplarmente una vez más a la Ludwig Orchestra, el primer movimiento, un elegíaco Adagio, constituyéndose en la sucesión perfecta a la obra de Nono. Haydn sigue la estructura de una sonata de chiesa que dio en su posterior denominación como La Passione, a partir de su coloración más bien sombría, no necesariamente vinculada a las intenciones del compositor.

Las obras anteriores resuenan finalmente en la composición de Gérard Grisey Quatre chants pour franchir le seuil (Cuatro cantos para atravesar el umbral), simultáneamente dirigidos y cantados por la propia Hannigan, y titulados cada uno: La muerte del ángel, La muerte de la civilización, La muerte de la voz, La muerte de la humanidad, y el conciliador Berceuse, a modo de epílogo. Meditación musical sobre la muerte e inesperadamente última composición de Grisey (fallecido repentinamente a sus 52 años a causa de un aneurisma), la obra es por naturaleza extraña en tanto propone distancia en la contemplación del momento de traspaso de la vida hacia la muerte. La levedad de la voz de la soprano dista y se yuxtapone a una formación de 15 instrumentos de sonoridad densa, generando mayor distanciamiento también el origen de los textos, en una suma que incluye la tradición cristiana (el primer canto tiene texto moderno de Christian Guez-Ricord, de inspiración medieval), la egipcia (con textos provenientes de sarcófagos del Imperio Medio egipcio), la griega (con un poema de Erinna de Telos del siglo VI a.C.) y la mesopotámica (con textos provenientes de la Epopeya de Gilgamesh).

El disco es un corredor recorrido por el eco de las innumerables voces habitadas por Hannigan y sus músicos en este traspaso incesante de nuestro ser mortal hacia aquello que sólo la música, acaso, logre nombrar con una delicada y sugestiva selección de obras, y eminente calidad musical.