Escuchar una ópera de 1700, hoy en día, y poder disfrutarla, exige que el oyente se sumerja lo más posible en la psicología del oyente de entonces. Seguramente, el público de la época barroca estaba más dispuesto que el de hoy, a identificarse con los mecanismos, las pasiones e interacciones que unían a personajes, texto, música e imágenes.

Esto se debía a que el espectador del siglo XVIII, no condicionado como nosotros por mil influencias mediáticas, conservaba una pureza casi “infantil” en la escucha, lo que no solo le permitía apreciar la música, sino asociarla emocionalmente a los acontecimientos que se desarrollaban. Todavía más difícil puede resultar la recepción de una ópera en forma de concierto o en disco, porque al faltar el componente visual se requiere al oyente una mayor imaginación para que pueda profundizar en los afectos y las tramas de la historia.

Desde este punto de vista, Il Giustino de Vivaldi nos ofrece un bellísimo ejemplo para entender si un melodrama del siglo XVIII puede ser más o menos accesible a nuestros días. En esta obra maestra; están presentes todos los elementos que podían impresionar y fascinar a las plateas de aquellos tiempos: mitos, pasiones, rivalidad, valores como la amistad y la lealtad, además de monstruos, animales salvajes, y fenómenos de la naturaleza como tormentas y tempestades marinas.

La historia de un guerrero que, a su pesar, es obligado a hacer de campesino y consigue redimirse, y convertirse en héroe e incluso en co-emperador, después de mil peripecias, coronando todo con el amor por una princesa, tiene casi las connotaciones clásicas de una fábula. Creo que hoy como entonces todo esto tiene que ser vivido casi con los ojos y el corazón de un niño. Pero el público moderno, en particular, también necesita ser guiado en los ambientes y la magia de los afectos barrocos con una elocuencia y un ritmo teatral lo más claro y sincero posible. Por esa razón, en la grabación de Il Giustino, además de empeñarnos en explicar de la mejor manera la belleza indiscutible de la música, que incluye las arias más bellas jamás escritas por Vivaldi, hemos dedicado una particular atención a las partes narrativas. Es decir, los recitativos, subrayando no solo el texto de la manera más teatral posible, sino enriqueciendo la ambientación (fielmente indicada por las acotaciones originales) con efectos sonoros como fanfarrias, gritos de la multitud, sonidos de osos (verdaderos) y dragones, además de sonidos reales de la naturaleza como truenos, relámpago y mares agitados.

Es importante recordar, además, que la filología musical está orientada, sobre todo, a recrear el lenguaje, los afectos y las emociones que el compositor quería comunicar, porque seguramente sean las más eficaces. Para obtener esto, los instrumentos antiguos son el medio más adecuado, persuasivo y elocuente. Sin embargo, la verdadera autenticidad reside, sobre todo, en el contenido y en la transmisión de un pensamiento, no en un intento estéril de recrear eventos y situaciones idénticas al pasado, porque es precisamente en el pasado, donde el evento era susceptible de innumerables transformaciones y adaptaciones según la situación ambiental o meramente práctica.

Cuando se graba música antigua se recurre, en cualquier caso, a una tecnología siempre más moderna, pero esto no resta nada al significado original que la música querría expresar. Así como el uso que hemos hecho de los sonidos y de los efectos, para glosar los hechos narrados en esta ópera, ayudan a devolver al oyente moderno aquel sentido de asombro y maravilla que era uno de los componentes esenciales del teatro barroco.

Dicho esto, y volviendo, no obstante, a los instrumentos originales, la instrumentación del Il Giustino es ya de por sí un espectáculo de timbres y colores, a partir de trompetas y timbales, trompas, oboes, fagotes, flautas, clavicémbalos, laúdes, guitarras, para terminar con el maravilloso timbre del salterio, instrumento milenario y seductor, que acompaña el aria más bella del protagonista. Tenemos, por tanto, todos los elementos para crear un puente que conecte el pasado con el presente a través del cual las emociones permanezcan intactas en el tiempo y nos permitan viajar con la fantasía; como niños…