Habiendo tenido la oportunidad, no hace demasiado tiempo, de escuchar a la soprano Hibla Gerzamava como parte del segundo elenco de una compacta, excelente versión de Il trovatore, de Verdi, en el Teatro Real de Madrid, sabía de antemano que el ciclo de recitales que ha ofrecido internacionalmente en los últimos meses era indudablemente prometedor, en tanto da a conocer algo más de la personalidad lírica de una artista que, ganadora del Grand Prix en el Tchaikovsky International Competition en 1994, recién comienza a ganar popularidad en algunas de los más famosos teatros de ópera del resto del mundo. Entre sus próximos compromisos, se incluyen Elisabetta en Don Carlo en el Royal Opera House, junto a Michael Fabiano y Elīna Garanča, así como Aida en el Metropolitan Opera de Nueva York. En este caso, la presentación fue en el Cadogan Hall de la ciudad de Londres.

De tono redondeado y cálido, la voz de Gerzmava goza de excelentes colocación y control del aire. Aunque ligeramente incómoda a causa de alguna afección respiratoria que no le permitía extenderse en la emisión como es su sello (baste escuchar las versiones excelsas de las arias de Leonora que abundan en internet), la velada transitó sin tropiezos a lo largo una selección variada de romanzas rusas en la primera parte (obras de Glinka, Rimsky-Korsakov, Tchaikovsky y Rachmaninoff), antes de llegar a una segunda parte que, aún con elegantes e idiomáticas versiones de canciones de Hahn (A Chloris) y Fauré (Après un rêve y Le papillon et la fleur) como interludio, presentaba a Gerzmava en el repertorio en que suele ser mayormente reconocida, como es el de belcanto y en obras de Verdi, siempre acompañada sólidamente al piano por Ekaterina Ganelina.

Hibla Gerzmava en Cadogan Hall (c) Tania Naiden

Al dolce guidami… Coppia iniqua (Anna Bolena, de Donizetti), con el recitativo incluido, fueron el verdadero tour de force de inicio de esta la segunda mitad, que permitieron comprobar no sólo una vez más la belleza del instrumento de Gerzmava, sino también su convicción interpretativa y mayor rango vocal. Igualmente destacable resultó su Pace, pace, mio Dio! (La forza del destino, de Verdi). Si hubiera que hacer alguna salvedad, mencionaría el recurso de alzar los brazos y los hombros en los agudos finales, solamente, en un gesto, intuyo, al público ávido de llegar a ellos, lo cual, aún con buen soporte del aire, constreñía las notas. El cierre con el célebre Casta Diva (Norma, de Bellini) una vez más permitió el lucimiento de la nobleza en la emisión de Gerzmava (si bien con un fraseo más acotado, seguramente por la leve molestia ya mencionada) y de la solidez de su técnica para arremeter con una versión encendida de la cabaletta, Ah, bello, a me ritorna.