La pérdida reciente de Oliver Knussen fue una noticia impactante para la escena musical contemporánea británica, tanto como a nivel mundial. Su larga vida artística ha estado acompañada de una brillante carrera en la enseñanza que influenció a discípulos y admiradores no sólo en Gran Bretaña, sino también en los Estados Unidos, donde enseñó en el prestigioso Tanglewood Music Center por varios años. De modo privilegiado, mi doctorado en la Royal Academy of Music en Londres coincidió con que Olly tuviera un cargo de titularidad en la institución, el cual comenzó con reuniones y masterclasses informales en 2013/2014, para pasar a ser profesor oficialmente al año siguiente. Allí, él se encontraba regularmente con los alumnos avanzados una o dos veces por cuatrimestre, brindando consejos invaluables y comentando nuestros trabajos.

En cuatro años llegué a conocer la personalidad graciosa, y sin embargo profunda, de este artista y mentor soberbio, y demostró ser un maestro de mentalidad abierta y de gran corazón. Las cualidades más impactantes de Olly eran su oído infalible y su conocimiento enciclopédico. La forma en que leía las partituras era de las más impresionantes que he presenciado durante varios encuentros con famosos compositores de un calibre similar al suyo. Él mostraba un entendimiento inmediato y una visión interna clara de las partituras que estaba leyendo. Pensando en ello, son varias las anécdota que se me vienen a la mente; la más notable fue percibir, en sólo cuestión de segundos luego de dar vuelta la página de una compleja pieza orquestal, que algo no tenía sentido en términos armónicos; las dos páginas siguientes estaban, de hecho, en el orden incorrecto. Es sabido para directores de orquesta y compositores cuán difícil es seguir e internalizar un complejo desarrollo armónico atonal, especialmente con una textura orquestal densa. Olly era capaz, sin esfuerzo alguno, de lograrlo a primera vista.

La primera vez que lo conocí, yo esperaba de su parte una actitud peyorativa hacia mi trabajo, en consideración de que mi música es bastante diferente de su lenguaje y utiliza mayoritariamente técnicas instrumentales extendidas, colores de ruidos y armonía microtonal. Desde el primer encuentro, por el contrario, me di cuenta de que estaba interactuando con alguien con una mente increíblemente curiosa y ágil, ávido por comprender y apreciar nuevos mundos musicales. Más tarde, me confesó que se abstuvo de dirigir ciertos estilos musicales (como el de Helmut Lachenmann, por ejemplo) no porque no los apreciara, sino (y en mi opinión, siendo demasiado humilde, como solía ser en su caso)  más bien por no sentirse capaz de ayudar a los músicos a alcanzar el máximo potencial de esa música. Durante nuestras clases, sus comentarios y sugerencia sobre el uso del ruido y las inflexiones microtonales fueron siempre fuente de gran inspiración aparte de técnicamente enriquecedoras. He aprendido mucho en contacto con su aguda sensibilidad musical.

Otras invaluables experiencias con Olly en la Academia fueron sus cátedras regulares para el departamento de composición. Él solía mostrar la conexión entre sus composiciones y la música que lo inspiraba en su vida. Estas cátedras constituían un viaje fascinante hacia música presente y pasada que él había íntimamente analizado y ahora descubría para nosotros. Nos guiaba a través del proceso crativo de compositores con pasión y respeto; era capaz de serlo sin el menor rastro de intención auto-referencial, una característica que yo encontraba admirable.

Más allá de sus inmensas virtudes musicales, características de sólo verdaderos grandes talentos, lo recordaré con cariño como una persona entretenida. Su negro bastón con llamas (según el estilo de la película Fast and Furious), el cobertor del iPad con forma de lechuza y su colorido bolso eran apenas la superficie de un hombre alegre y de ingenio con quien he compartido parte del tiempo más emocionante para mi desarrollo como compositor y ser humano.

 

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