Lo que publicamos a continuación es una traducción al español del capítulo titulado ‘Religious Symbolism’ del libro Meyerbeer’s The Huguenots: An Evangel of Religion and Love, que su autor, el especialista en Meyerbeer Robert Ignatius Letellier nos ha permitido traducir del inglés por primera vez.

Cabe destacar que las itálicas en el cuerpo del texto corresponden al equipo editorial de Club de Ópera.[Nota del editor]

“Lo que quiero decir es que cada uno de vosotros decís, ‘Pertenezco a Pablo’ o ‘Pertenezco a  Apollo’, o ‘Pertenezco a Cristo.’ ¿Está Cristo dividido?” (I Corintios 1:12-13)

Robert le Diable es una ópera escrita en el modo romance que convoca el mundo medieval de la fe en el cual la creencia es monolítica en su unidad corpórea y es desafiada por fuerzas exteriores a sí misma. Mientras puede que el mundo parezca estar dividido en partes iguales entre las fuerzas del bien y el mal, el universo maniqueo se evita por la providencia de la gracia que es, a fin de cuentas, determinante y omnipresente. Hay una devoción casi escolástica a la ortodoxia.

La situación es radicalmente desafiada en Les Huguenots. En Les Huguenots, el mundo ha cambiado. Un mundo de princesas de cuentos de hadas, demonios y ángeles ha dado paso a uno de realidades históricas, un mundo renacentista en donde reyes y reinas aúm dominan mientras que las realidades sobrenaturales han desaparecido a la fría luz de la razón, y el campo de acción está confinado a las vidas ordinarias de hombres y mujeres (aún cuando varios de ellos sean nobles). Los asuntos de la fe son aún determinantes, pero son consecuencia de la elección individual, sin ayuda de la manifestación, ni qué decir de la encarnación, de cualquier realidad espiritual. Hombres y mujeres nacen dentro o eligen alinearse en una religión por cuestiones de preferencia, fe (incluso motivaciones políticas), por propia convicción o la de su grupo de pertenencia. El hombre racional ha madurado y debe hacer sus propias elecciones; si es que puede. Pero siendo que el hombre es un animal social, es producto de su época, clase y sociedad. Uno cree en aquello dentro de cual ha nacido, y queda solamente a un espíritu poco común el poseer el poder innato o el talento de elevarse por encima de ellos y cuestionarse acerca de los fundamentos de la vida y de las creencias. La fe es aún absolutamente determinante, pero el corazón vibrante de sentimientos humanos y el pensamiento operan de un modo inconcebible ante las certezas absolutas de la era de la fe. El protestantismo ha llegado. George Sand estuvo en lo cierto cuando llamó a esta ópera, una ópera “Protestante”. La única cláusula, sin embargo, es que debería ser Protestantismo con p minúscula.

En Les Huguenots, Meyerbeer es tan cuidadoso y diligente como en Robert le Diable al crear un mundo de polaridades. Aquí, de todos modos, los polos opuestos no son dos mundos diferenciados, sino la Cristiandad dividida contra sí misma. Tenemos por un lado a los católicos como un colectivo arrogante, implacable y seguro de sí mismo; por el otro, los hugonotes, presentados hasta el tercer acto como individuos valientes (Raoul y Marcel) de pie, valerosa y noblemente, frente a sus frívolos e intransigentes. Marcel se manifiesta primeramente como un un testigo inflexible del ideal de fe, cuyo himno es tanto un rezo como un pío testimonio de cara a sus hedonistas, paganos adversarios. De modo similar, el rechazo público de Valentine por parte de Raoul, en el segundo acto, está basado en los estrictos principios calvinistas de honor y probidad. Su naturaleza soñadora, ingenua e idealista queda establecida en el primer acto, especialmente en su romanza “Plus blanche que la blanche hermine”. Su castidad paulista y su código de honor caballeresco, a la antigua, queda ampliamente demostrado en su entrevista con la caprichosa y licenciosa reina. (1)  Más tarde, no duda en considerar las consecuencias políticas o las implicaciones personales de sus acciones públicas para Valentine. Él, así como Marcel, deben aprender del testimonio poderoso y humilde encarnado en el autosacrificio (aún a costa del orgullo personal y los estimados principios religiosos); lo aprenden a través de Valentine. Ella es la víctima inocente, el polo de integridad y el catalizador de cambio a través de la ópera. A pesar de la humillación pública que sufre en manos de Raoul, cuya moralidad se basa en una noción mojigata del honor, su amor y sus principios son lo suficientemente fuertes como para elevarse por sobre su orgullo ofendido y la arrogancia de pertenecer a un determinado bando o la religión formal. Ella es capaz de romper con estos códigos restrictivos a fin de poder advertir al arisco e idiosincrático Marcel acerca de la emboscada y del consecuente peligro que corre Raoul. Su dúo con Marcel en el tercer acto es de hecho el corazón espiritual de Les Huguenots, quizás aún más que su dúo amoroso con Raoul. La profundidad de su autosacrificio por amor y su poder son sobrecogedores en su poder de transformación, dado que conmueve a Marcel mismo, un fanático religioso, más allá de su orgullo y sus prejuicios, de modo que él es quien bendice al otrora objeto de su chauvinismo y quien desafía sus principios inamovibles; nada menos que una mujer católica.

Pero es en tales momentos de más intensa emoción que Meyerbeer demuestra ser un maestro de efusión lírica sostenida. La sección media del dúo del tercer acto entre Valentine y Marcel (No.10b “Dans la nuit”) es de hecho el corazón emocional/simbólico de Les Huguenots. En ella se confrontan los temas más importantes en esta historia de prejuicios, intolerancia y odio asesino, y es por la actitud iluminada y sacrificada de una valiente joven, que se siembran las semillas de una visión divergente del amor y de la vida. La melodía cantabile que representa la gracia del perdón de la que es capaz Valentine es de una simpleza noble, caracterizada por cuartas ascendentes y semitonos descendentes (las notas re1-re2-la1) son los puntos de este arco irresuelto). La duplicación en el corno y los ecos del cello suman una sensación de solemnidad conmovedora a este pedido de corazón. Al repetirse, fortalecido por una pequeña figura orquestal de resolución en terceras paralelas, la melodía (A-B1-B2-C) asciende en éxtasis de la1 a sol2, un dramático intervalo que lleva a un gradual y dulce descenso a través de la escala por semitonos, cuartas, terceras y sextas hasta re i y la resolución del arco (A-D). La sección media presenta la melodía con variaciones, y mantenida en alto por las cuerdas, mientras las reflexiones ansiosas de Marcel proveen un contrapunto en staccato al flotante legato atiplado, antes de cambiar a la relativa menor y una larga transición, en donde el miedo y la incertidumbre conducen a frases agitadas y quebradas, suavizándose después en modulaciones camino a la repetición. La melodía A-D es repetida por ambas voces al unísono con acompañamiento enriquecido hasta llegar a una apasionada doble cadencia y un anhelante postludio interpretados por los cornos en terceras. Es uno de los episodios melódicos más prolongados en los trabajos de Meyerbeer, y un momento de belleza sacramental, digno de las afamadas melodías de Bellini.(2)

La bendición de Marcel a Valentine representa el triunfo de una humanidad corregida e iluminada por sobre las demandas irreflexivas y el intransigente condicionamiento por raza, clan, credo, clase o preferencias políticas.

Marcel, ma fille, te bénit du fond du coeur.
D’un vieillard l’humble prière est un baume salutaire ….

Marcel, mi hija, te bendice desde lo más profundo de su corazón
y el rezo humilde de un viejo es un bálsamo salvador.

Este dúo se erige en el corazón de los Les Huguenots y enaltece no sólo el tema de la ópera, sino cualquier mensaje que Meyerbeer tuviera para el mundo.

Valentine, y también Marcel, están pues dispuestos al cambio. Raoul es noble e inmutable en su amor, pero no es capaz de la alteración radical de su fe. Es lo suficientemente honorable como para ponerse en peligro en búsqueda del perdón de Valentine, pero su dúo con ella es nuevamente producto de la iniciativa de Valentine (en tanto intenta prevenir su partida, declarándole su amor e intentando retenerlo). Él también celebra su amor extáticamente, pero una vez más sacrifica tanto a Valentine como a su amor por ella por el principio de honor a sus amigos y su credo. El agudo dilema de la posición de Raoul no debe, sin embargo, ser subestimado, como tampoco su profundo amor y disposición a morir por sus amigos. Aún en el quinto acto, cuando Valentine viene en su búsqueda para salvarlo, él no puede lidiar con el desafío y se vuelve Marcel por consuelo, de modo que es una vez más Valentine quien debe barrer con la convención, aún con los sacrosantos principios de familia y fe para poder aferrarse a aquello que ella considera el verdadero sentido de la vida: el amor que se ofrece a sí mismo a la muerte y aún más allá de ella.

Ainsi je te verrai périr?
Je subirai sans toi l’exile sur cette terre,
où nous avons souffert, où nous avons aimé?
Sans toi? tu crois cela!
Mon Dieu, vous autres hommes,
au véritable amour votre coeur est fermé.
Eh bien! tu connaîtras tout l’amour d’une femme!
Tu veux, quand tous nous joint, me fuir par le trépas? Non, non, non!
Je ne sais pas s’il faut risquer mon âme,
enfer ou paradis, je ne te quitte plus!
Oui, cette âme en tumulte,
cette âme ne reconnâit plus rien!
Toi, tu maudis mon culte,
moi j’adopte le tien!
Dieu maintenant peut faire selon sa volonté:
Ensemble sur la terre
et dans l’éternité!
Réunis pour toujours
et dans l’éternité!

¿Te veré entonces morir?
¿Saldré sin ti al exilio sobre esta tierra
en la que hemos sufrido y donde hemos amado?
¡Sin ti! ¿De veras crees eso? Dios mío, vosotros los hombres,
vuestros corazones están cerrados al verdadero amor.
Pues bien, ¡conoceréis la profundidad del amor de una mujer!
¿Quieres escapar de mí en la muerte
cuando todo nos ha unido?
¡No, no, no!
No sé si es necesario arriesgar mi alma,
pero, infierno o paraíso, no te dejaré jamás.
Sí, este alma es angustia,
¡este alma no reconoce nada, nunca más!
Tú maldices mi culto,
¡aceptaré pues el tuyo!
Que Dios ahora haga su voluntad.
¡Juntos en la tierra y en la eternidad!
¡Reunidos por siempre en la eternidad!

Su matrimonio con Raoul, bendecido por Marcel en la hora de su muerte es una celebración dela verdad última profundamente solemne, que pone el amor y la valía humanos por encima y más allá del orgullo, del prejuicio y, aún, del principio. ¿Cuáles son las causas por las que mueren hombres y mujeres?¿Es en sí mismo válido el heroísmo?¿Debería la religión apoderarse del corazón humano y de su sistema de valores? Frente a la muerte, que nos iguala a todos, ¿qué vale la pena verdaderamente? Cuando dos grupos que sostienen el Evangelio del amor y el perdón son capaces de asesinarse unos a otros, ¿cuál es el rol de la fe?

¿Quién arbitrará con la verdad? La aparición fútil de la Reina Marguerite de Valois en el punto álgido del horror de la masacre y la pérdida no es puramente decorativa, sino una observación profundamente triste de la impotencia de cara al comportamiento humano salvaje y atávico. El misterio es por qué la adoración a Dios debería ser un locus para el odio humano, y la adhesión a un principio, la razón para la muerte de la compasión.

Los temas son explorados en varios niveles dentro de la ópera. Si Valentine es la encarnación de una humanidad exploratoria y compasiva, la Reina Marguerite es el catalizador para el cambio político y comparte mucho con la primera. Está preparada para elevarse por encima de su grupo y su religión en nombre de la paz y, de hecho, la mayor parte de la acción en la trama se precipita por su plan para obtener la paz. Está por casarse con un protestante y está bien dispuesta a recibir a Raoul, e incluso a Marcel, en la corte. Su presencia es lo único que previene el estallido de violencia en of Chenonceaux y fuera de Louvre. Pero sus esfuerzos inútiles son borrados en vísperas de San Bartolomé. Es Marguerite quien con mayor claridad y precisión repudia la futilidad de la parcialidad religiosa cuando desea que los debates y los derramamientos de sangre precipitados por Lutero y Calvino se mantengan lejos de su corte, que es un lugar de amor y paz. Su corte en Chenonceaux es idílica y se convierte en símbolo de una edad de la inocencia de tiempos pasados, un paraíso perdido a causa del odio partisano. Las celebraciones de lo su compromiso y prontamente matrimonio con Enrique de Navarra son, de modo similar, la reacreación de un idilio cortesano asaltado por el pecado y la matanza. Por ende, tanto Valentine como Marguerite son instrumentos de paz y para un cambio, aún cuando ambas parecieran condenadas a fracasar.

La Reina Marguerite se alía en su plan al Conde de Nevers, un católico verdaderamente noble que está genuinamente feliz de cooperar con la Reina y que ya ha mostrado su desdén por el prejuicio social sin sentido al invitar a un protestando a unirse a un grupo enteramente católico en su hacienda durante el primer acto. Cuando se le pregunta, a un alto costo personal, él desiste de su anhelado compromiso con Valentine por los intereses de la paz y de la reconciliación. En esto, él es irónicamente el verdadero compañero de Valentine, quien más tarde se casa con él por deber. El momento supremo de prueba para él llega con la conspiración en las vísperas de San Bartolomé, cuando se rehúsa a participar en la masacre, a pesar del decreto real. Se une, entonces, al grupo de santos seculares, junto Valentine, Raoul y Marcel (y también la Reina). Pero su asociación es particularmente con su esposa, dado que, como ella, él es una de las pocas personas en la ópera que hace uso de la razón de modo noble con el fin de superar los dictados automáticos y categóricos de clase y creencia. No hay rey, país o Iglesia Católica que puedan persuadirlo de negociar o extirpar su humanidad.

Il me commande en vain
de flétrir de mon sang l’honneur et la vaillance.
Et parmi ces illustres aieux dont la gloire ici m’environne, je compte des soldats,
et pas un assassin!

Me comandas en vano que
manche de mi sangre el honor y la valentía.
Entre mis ilustres ancestros, cuya gloria aquí me rodea, han habido soldados, ¡pero ningún asesino!

Es recién en aquel momento que Valentine se da cuenta por completo de la noble naturaleza por debajo de sus modos caballeresco y, a veces, algo exagerados. Nevers se transforma en un verdadero héroe, preparado para morir por la verdad; una verdad que coloca a la gente por delante de las ideas. Él es verdaderamente un hombre de paz, que, como la Reina, avalaría la reconciliación y la armonía. La fiesta en su castillo en el primer acto celebra la juventud, la cordialidad y la paz (“Des beaux jours de la jeunesse”). La procesión de su boda al final del tercer acto se transforma en un tipo de idilio urbano en el que los los tradicionales símbolos de lo pastoral —casamiento, baile y festividades— proveen una alternativa al odio de las facciones religiosas que se amenazan entre dientes la una a la otra por debajo de la alegría de la celebración, desfigurando cromáticamente su tema de felicidad.

Pero el epítome del orgullo, el prejuicio y la intolerancia es el padre de Valentine, el Conde de Saint-Bris. Él personifica la naturaleza intransigente y destructiva del espíritu inflexible que se identifica por completo con los factores dados por su nacimiento, elevando su país y su religión a absolutos inalterables que determinan la vida e incluso la muerte. Esto no quiere decir que el personaje haya sido concebido como un monolito irreflexivo, del mismo modo que Bertram no es totalmente demoníaco.

Él barre con toda preferencia personal y simpatía y es por ende una justicia poética cuando involuntariamente asesina a su propia hija durante la masacre; quizás lo habría hecho, de todos modos, si hubiera sabido acerca de su cambio de fe. De modo que se transforma en la voz de todo super ego, el fanático ciegamente obediente capaz de suprimir su humanidad y su razón si es que su ideal, principios o una ideología lo demandan. Al hacerlo, se transforma en el patrón de los implementadores de “soluciones finales”. Meyerbeer fue efectivamente un profeta por derecho propio.

Pour cette cause sainte
j’obéirai sans crainte
à mon Dieu, à mon roi!

¡Por esta causa santa
obedeceré sin temor
a mi Dios y a mi rey!

George Sand acertó al entender Les Huguenots como una ópera protestante en oposición al catolicismo de Robert le Diable; pero esta ópera no es en modo alguno la glorificación del calvinismo. Es verdad que Meyerbeer logró una de sus obras maestras con la caracterización de la figura de Marcel, pero luego Saint-Bris es también delineado de modo maestro. De hecho, el compositor recrea ambas religiones en profundidad y con persuasiva efectividad. Ambas son pintadas en sus aspectos positivos y negativos. Lo mejor del espíritu católico, la pureza y la vulnerabilidad de una devición gentil, está perfectamente capturado en la letanía de las damas que acompañan Valentine a su vigilia en la capilla previo a su matrimonio con Nevers. La ternura en la devoción por la Madre de Dios es enaltecida en el estilo gentil y en las armonías translúcidas de los vientos. De modo similar, en el quinto acto, cuando las mujeres y niños hugonotes buscan refugio en la iglesia de la masacre desarrollándose en la calles, el etéreo arreglo del himno de Lutero retrata perfectamente lo mejor de la fe y el llamamiento heroico a su inminente martirio, una situación ya prefigurada en la interpretación del himno dada por Marcel en el primer acto (“Seigneur, rampart et seul soutien”), el cual Meyerbeer utilizó  als Anklang aus einer bessern Welt (como armonías de un mundo mejor). Marcel mismo reflejala ambigüedad del retrato religioso de la ópera: su plegaria representa lo mejor de la tradición de la Reforma, un refrendo de su experiencia, mientras que su canción de batalla (la famosa “Piff Paff”) muestra el lado opuesto, los prejuicios arrogantes y el odio que se expresan por medio del militarismo, fanatismo y chauvinismo.

Este crudo aspecto de la mentalidad hugonote encuentra mayor expresión en el coro Rataplan de los soldados protestantes en el tercer acto y en sus salvajes tentativas de ahogar la letanía mariana. Este espíritu de venganza, odio y agresión estalla primeramente en la confrontación en la corte en el segundo acto y puede verse separando a la gente en las grandes escenas de conflicto del tercer acto, cuando el llamado a las armas de Marcel previene acerca de la emboscada católica. La traición católica inmediatamente socava la pureza de la letanía con la conspiración de Saint-Bris para asesinar a Raoul, en tanto el fatal espíritu de odio partisano y su consecuente militarismo es captado en la monumental escena de la Bendición de las Dagas, donde triunfa el fanatismo, el clero traiciona su llamado al amor al bendecir las armas y la gente se envuelta en el paroxismo de un odio destructivo. En Robert le Diable, los monjes son custodios de un tipo de vida redentivo y ennoblecedor; aquí se han convertido en facilitadores de intolerancia e incluso de muerte.

Es por demás apropiado que el dúo a continuación de tal escena, entre Valentine y Raoul, celebre en términos casi incomparables el arrebato transformador del amor que desafía los límites del sectarismo y el odio, y proponga la única alternativa sanadora a la deformación de la fe y la esperanza. La situación a lo Romeo y Julieta de Valentine y Raoul subraya la tragedia del valor humano traicionado por una idea, un ideal o un principio. La tragedia real de esta historia, de todos modos, es que el sacrificio de los amantes y el de su mentor Marcel no trae aparejada una reconciliación (como entre los Montescos y los Capuletos), sino que la misma es arrasada en plena destrucción. Se transforman en mártires, y su testimonio trae consigo un mensaje de amor allende las consecuencias deformantes de la política despiadada y las implicancias mutuamente destructivas de la “convicción” religiosa, tan fácilmente corrompible. Los hombres y las mujeres necesitan no ser esclavos de ningún determinismo, ya sea por nacimiento, clase, nación o credo.

 

NOTAS AL PIE

(1)  La Marguerite de Valois histórica fue famosa por sus varios escarceos amorosos, de modo que cuando se lanza a cantar “Ah, si j’étais coquette” en su dúo con Raoul, no se trata de una instancia “la cual una gran seriedad es repetidamente apartada por pura diversión”(en el alegato de Arthur Jacobs en su reseña de Les Huguenots en Covent Garden, Opera [Nov. 1991]: 106), sino una genuina reacreación de su carácter, una caracterización histórica auténtica.

(2)  Meyerbeer, Les Huguenots, v.s pp. 243-48 (Brandus): 279-83 (Boosey/Kalmus).