Nota del Editor: El presente es un breve artículo/reseña sobre el último proyecto llevado adelante por Ópera Periférica en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina; la propuesta fue llevada adelante a modo de competencia, involucrando drag queens y cantantes líricos.

 

Sé que llegué. Llegué sin saber qué había pasado antes y por qué lo que vería sería una final. Me camuflé en una fila colorida y palpitante. Entré. Un galpón vintage, un escenario sin telón, gradas de tablón (como de estadio y cancha) fueron por un rato y en el barrio porteño de Villa Crespo, la ópera. Lo que pasó despúés no lo sé. Escribo ahora desde el des-concierto.

La arena de batalla fue lodo rioplatense donde drags seleccionadas se disputaron un podio. El barro cultural que son (que soy y somos latinoamericanamente) prometía embarrar arias barrocas en la final de una competencia ya templada con el fervor de la finitud, del “se van todas menos yo”. La noche fue de a dúos: el único binarismo posible entre cuerpos disidentes. Eran dos cada vez: drag y cantante lírico. Aria barroca y corporalidad neobarrosa.

No fue un desfile, no hubo teatro, tampoco cantaron. La hibridez tiene la habilidad de escaparse (como lo deseante) de los casilleros implacables del lenguaje. Performáticamente cada drag hizo carne la voz ajena. No representaron lo que oyeron porque aquello que sonaba (doy fe) se filtraba sin permiso y la distancia representativa se frustraba. Claramente la voz fue cuerpo y distorsión, cuerpos peleándole la escena a la hegemonía (de género, de clase, de arte). Chica Mala, Petra, Mabel, Rita, Nube, Allerggya, drags queens montadas en un histrionismo de barroco furioso, de desmesura erótica, bodies coloridos y tacos aguja hacían de las arias excusas de narración. Mientras eso pasaba en esa cercanía sin división, espectadores, jurado y técnicos contenían las “babas del diablo” que esos cuerpos emperifollados convidaban sin sonrojo. Entonces las voces de cada cantante explotaban en distintos sectores de ese galpón hecho teatro, las drags lo “daban trolo” como bien las alentaba a hacerlo Vedette, artista drag y conductora de lo que estaba siendo la Final de Neobarrosas, una revisitación del neobarroso rioplatense en formato de batallas barrocas, organizado y dirigido por Ópera Periférica, con dirección de casting a cargo de Pablo Foladori y Gerardo Cardozo, dirección musical de Manuel de Olaso, y las participaciones del tenor invitado Esteban Manzano,  el contratenor invitado Fernando Ursino, las únicas cantantes en competencia Patricia Villanova (soprano) y Luz Matas (mezzosoprano) y la Orquesta de Cámara de Ópera Periférica.

La batallas eran performances, odas a la improvisación meditada, con vestuario a cargo de las drags con toda la belleza delicadamente camp que eso implica.

Superados los géneros y su circularidad de binarismos ociosos, solo eran (y no es poco) personas revisitando la etimología: per-sonare; estaban ahí esas fauces y cuerpos disidentes, corporalidades “dicentes”, monstruosidades que batallan en el escenario y le disputan al canon la arrogancia de determinar qué ingresa, quiénes acceden, y cómo, al espacio escénico (aunque, cabe destacar, esas batallas de finalistas y las performances de cada dúo superaban los límites del quehacer artístico: la identidad perturbadora drag es un hecho político, interpela los cimientos de las incomodidades sociales y es entonces también un espacio de cuestionamiento, cuerpos políticos que gimen, perturban y amenazan el orden social de la clase – mente – norma media del CIStema).

Hacia el final de la final, después de tres horas de Händel, Vivaldi y drag queens, el jurado determinó a las dos ganadoras: la drag queen Nube y a Patricia Villanova. No sé aún con certeza si eran más abucheos o aplausos los que se oyeron, el fervor de escena hizo de los espectadores un público
circense de arrebatos conmovidos. Hubo fanatismo. Y apreciación embelesada por las voces que cautivaban y las expresiones corporales: gestos que funcionaron toda la noche como imanes de una erótica que supera a la palabra.