Deh, vogliate gradir
quanto vi posso offrir!

De L’Amico Fritz, de Pietro Mascagni

Lanzamiento dorado de las celebraciones por los cincuenta años del sello discográfico Opera Rara, el domingo vio la reacción de un público enfervorizado en el Wigmore Hall londinense. ¿La ocasión? En tanto Opera Rara planea aventurarse en una interesante serie de nuevos conciertos y registros discográficos, la punta de lanza del emprendimiento será el primer disco solista de la soprano albanesa Ermonela Jaho, con el cual hará homenaje a una soprano que bien podría ser considerada de referencia en su propio trabajo: Rosina Storchio. Primera Butterfly, admirada por los compositores veristas, Storchio descolló en nuevos roles del repertorio italiano tanto como en obras más acostumbradas del propio acervo italiano, así como de compositores franceses.

La primera particularidad de este recital es la de no haber puesto el acento en el llamado verismo, y que conlleva una serie de connotaciones, entre la que podría destacarse la impresión de que lo descarnado de las emociones y ambiente “reales”, realistas, que pretende transmitir requieren de voces destacables, acaso, más por su volumen natural que por la técnica justa y una enorme delicadeza. Aún de características disímiles, la apuesta por recorrer el repertorio de Storchio entre canciones, ópera italiana y la ópera francesa en la que se transformó en referente, permite iluminar los aspectos más gentiles del verismo, la apuesta emotiva sobre la plataforma de una técnica rigurosa, como es la de Jaho. Más evidente aún resultaban los detalles de estas composiciones presentadas en conjunto, en las transposiciones al piano interpretadas por el experimentado Steven Maughan, preparador vocal del Festival de Glyndebourne, entre otros compromisos de peso.

Como primerísima propuesta, Jaho ofreció una ajustada versión de Musette svaria sulla bocca viva de La bohème de Leoncavallo, cuyos aciertos se extenderían al resto de la velada: dominio de la voz en todo su registro, excelente control e inventiva en la dinámica, pianissimi sobrecogedores, y todo alentado por un afán comunicativo raro y precioso del que Jaho ha hecho su sello de calidad. La apuesta ascendente en la emoción en este recital fue una decisión más que razonable, sabiendo el nivel de compromiso invertido por la soprano en cada una de sus caracterizaciones. Con interpretaciones acabadas de canciones de Bellini, Donizetti y Verdi, el aria Mamma? Io non l’ho  avuta mai, de Zazà, también de Leoncavallo, marcaba el comienzo sin retorno (afortunadamente) del tipo de obra que más conviene al instrumento de Jaho; cuanto mayor el riesgo dramático, más aguda es su inteligencia interpretativa y la flexibilidad con la que responde su voz. Y aún nada podría haber preparado al público para el electrizante Un dì (ero piccina) de la ópera Iris, de Pietro Mascagni, como cierre de la primera parte. Una obra obstinada, de escritura silábica, en el que la protagonista recuerda un evento de violencia sexual, Jaho hizo un relato escalofriante a velocidad pasmosa, coronando el aria con un despliegue de seguridad y frenesí en un registro agudo siempre pleno.

La segunda parte despuntó al compás del aria de Suzel de L’Amico Fritz, Son pochi fiori, podría decirse, un manifiesto de la filosofía interpretativa de Ermonela Jaho. Fue el momento también de piezas en francés, entre las cuales Pendant un an je fus ta femme (Sapho, de Jules Massenet) y Adieu, notre petite table con recitativo incluido (Manon, también de Massenet) coronaron su labor técnica y actoral. Las notas altas sostenidas y el fraseo quasi elástico que presenta la partitura de la primera de las arias dio lugar al aplauso más prolongado hasta ese momento, y más impresionante aún resultó que pudiera abordar Manon sin solución de continuidad, en una exposición simple, directa, técnicamente inmaculada, el último Adieu cantado entre lágrimas.

Hizo falta el encantador Valzer serenata a cargo de Maughan para poder dar respiro a la emoción y volver luego al repertorio lírico con un aria de Siberia (Giordano), la canción Sole e amore de Puccini, y la extensa escena final con la muerte de la protagonista de Lodoletta (Mascagni). Los últimos murmullos, el mutismo final de los últimos compases por parte de Jaho, las teclas del piano delicadamente repiqueteando haciendo las veces de la nieve que caía, fueron tan penetrantes como la honestidad de su canto. El bis ofrecido fue, como era esperable, una versión acendrada de Un bel dì de Madama Butterfly (estrenada por Storchio y personaje que se ha convertido en uno de los logros insignes de Jaho), brindada como una flor más con la sencillez y generosidad, como Suzel, a la que la soprano nos ha acostumbrado.

Ermonela Jaho en Wigmore Hall (c) Russell Duncan