El enigma de Lea

COLECCIÓN: Cuadernos del Acantilado
TEMAS: Narrativa y Relato
AUTOR: Rafael Argullol
ISBN: 978-84-17346-49-2
EDICIÓN: 1ª
ENCUADERNACIÓN: Rústica cosida
FORMATO: 11,5 x 18 cm
PÁGINAS: 112

La resolución del enigma de Lea tal vez sea una reversión del enigma mitológico: la esfinge que hizo a Edipo responder «Hombre» es ahora esta obra que nos hace decir «Superhombre» como respuesta. Un superhombre nitszcheano, con una vuelta de tuerca contemporánea: el superhombre teórico deviene mujer. La puta de Dios que es Lea. Un cuerpo mallado por la vigilancia totalitaria que domina su sensualidad.

El cuento que Argullol teje es una obra destructiva: inmola los géneros para hacer nacer un cuerpo textual multifacético; se presenta cuento mítico, se escribe versificado, introduce didascalias y hay voces, tonos y colores musicales pensados para ser una ópera. La danza tiene también lugar y es ese, tal vez, el nexo más sólido con la concepción del cuerpo como espacio de limitación, riesgo y gozo que recorre la obra. El cuerpo de Lea es poseído por Dios en una danza espasmódica que está musicalizada por el ascenso del registro de su expresividad: jadeo, grito y luego un silencio. Su anterior baile en soledad la exponía estética, estable, oriental. La posesión implica un desfallecimiento, la caída de su yo en un orden de mandatos incomprensibles que no pueden sintetizarse en ese tiempo y espacio míticos, sino que atraviesan distintos escenarios y la arrastran hasta la contemporaneidad. El deseo de Dios la convierte en propiedad, restringe su voluntad, la somete a la palabra que la nombra: la puta de Dios. Arrastrará ese secreto, y la condición de ser poseída y nombrada será entonces una condena que dos vigilantes, Milojos y Milbocas, se encargarán de evocar en un eco incesante que repele cercanías de un sano retorno a su condición de mortal.

Al comienzo de su vagar, Lea es una corporalidad improductiva, reducida a puro cuerpo insensible: está cercada por sus vigilantes y se le prohíbe así acercarse a ‘ser con otros’. Se produce una paradoja notable en este estadio, y es que su cuerpo queda exceptuado de la carnalidad mundana porque Dios la hizo suya a través de su posesión sexual y abusiva. Ese Dios que exige a Lea la monogamia y parece ser una representación de la divinidad cristiana en su monoteísmo es en verdad perverso como las divinidades mitológicas, dionisíaco en sus prácticas pero apolíneo, recto e intransigente en apariencia. El retorno al mundo mitológico y la perversión de Dios humanizan lo sagrado y pretenden obediente y falsamente casta a Lea, un retazo de humanidad.

Ella sigue vagando, llevando su cuerpo como carga y, desprovista de voluntad y autoconsciencia, encuentra a Ram, un sonámbulo que perdió sus sentidos y también vaga, explicándole el por qué: «Me encontré espiando / la desnudez de alguien / […] Es la Muerte en el Río del tiempo / en lugar de escapar / me quedé admirando aquel cuerpo / de deslumbradora belleza«. Ram goza con la Muerte que lo invita al banquete de su inmortalidad hecha cuerpo. Mientras Él deviene inmortal y sacrifica sus sentidos por haber accedido y contemplado, Lea conserva su cuerpo vaciado a la fuerza y sin contemplación. Son fuerzas que equilibran la obra, la sostienen y generan vilo. Irrumpen para desarmar el aparato de control, prohibiciones y mallas de vigilancia y autocensura; son cuerpos que en la complementariedad arriesgan la porción de sí mismos que aún conservan. Buscarán recuperar la mayor de las voluntades, la elección voluntaria reconquistada será la posibilidad de muerte que les ha sido negada. Destruirán entonces la inmortalidad insana, indeseada y desprovista de gozo con «sensualidad anárquica» porque sin la petite mort deseada, no habrá vida que valga.

Lea, el tiempo y el espacio son un devenir constante. No hay muerte; hay nuda vida, un cuerpo sometido al devenir incuestionable, incesante y desafallecido de interioridad que se ubica hacia el final de la obra en la contemporaneidad. Lea ahora es puta y loca. En el presente del relato (que es nuestro presente) se encuentra en un manicomio, sometida a las mallas de control analíticas, lógicas, ya no sacras pero con mandamientos sagrados incuestionables (¿cientificismo de la Modernidad?). Los sacerdotes han devenido analistas, tal como Artaud predicaba en su santa locura. Y en ese espacio de encierro donde tampoco el cuerpo puede deshacerse del aparato policíaco ahora regido por la lógica de Milojos y Milbocas, Lea reencuentra a Ram: «¿Y al fin despertaste?» / «Quizás sí, quizás no«. Ninguno de sus cuerpos son totalidad como para saberlo con certeza: uno sacrificó el deseo y perdió sus sentidos mientras que la otra abandonó su gozo y su cuerpo ya no tiene sentido. Siguen errando. Lo que ha cambiado son los nombres: el tiempo mítico ilimitado es ahora presente, el espacio abierto es encierro, y la puta, loca. Milojos y Milbocas son ahora amarras que evocan un contramandamiento: «No amarás«. Pero la desobediencia crece, el enigma de Lea, el involuntario sometimiento y la perversa posesión se hacen versos:

«Lea olvida la violación divina
y cede su secreto, el destello de lo eterno,
a cambio de una feliz vida mortal;
y también Ram olvida
que contempló a la Muerte»

La voluntad de poder se reivindica en los cuerpos lacerados. Hay un dominio de sí cuando la palabra que los nombra no es ajena y conquistan la muerte otra vez en la petite mort que los reúne. Una muerte voluntaria, una vida con sentido(s), un enigma resuelto.