La propuesta narrada a continuación por el régisseur Pablo Maritano es la presentada en FNOBA 2018 por él y UMS ‘n JIP (dúo contemporáneo suizo integrado por Ulrike Mayer-Spohn (UMS) grabadores & electronics y Javier Hagen (JIP), voz & electronics, quienes, según su propia descripción, trabajan como performers, compositores y organizadores dentro de una red de compositores, directores de escena, artistas visuales, investigadores, universidades y festivales). El trabajo en conjunto comenzado en el marco de una institución como el Teatro Colón de Buenos Aires en Argentina ha encontrado continuidad en barrios periféricos de la ciudad. [Nota del editor.]
En verdad la idea comienza desde la génesis misma del proyecto Einer (Teatro Colón, 2015), donde desarrollamos una dramaturgia en base a una cantidad de piezas preexistentes e inconexas (en su mayoría de Maria Porten, compositora alemana nacida en 1939). Einer nace del espíritu lúdico que implica transformar obras de repertorio preexistentes en una nueva dramaturgia. De la misma manera que un jugador de dados, al volcar el cubilete, tiene la posibilidad de encontrar múltiples combinaciones de dados, las piezas en Einer se intercambian para adaptarse a nuevas situaciones dramatúrgicas, lugares, condiciones de producción, manteniendo como elemento básico a sus protagonistas (ella, él y la otra), y la condición de “colectable” de las piezas musicales que la conforman, y que a su vez está replicada en el espacio, constituido por la sumatoria de elementos aparentemente inconexos, pero que narran la historia de una pareja en conflicto.

Einer en barrios informales – La idea de llevar Einer fuera del entorno teatral está íntimamente ligada a nuestro deseo de expandir sus mismos principios ludicos involucrando a una población que no acostumbre frecuentar al sistema de producción operístico. La idea no es sólo invitar a las personas de barrios marginales como espectadores, sino involucrarlos en la factura misma del proyecto como diseñadores, escenógrafos, vestuaristas, intérpretes y personajes. Decidiendo sobre el orden, perspectiva, vestuario y dramaturgia.

La idea de que el entorno pudiera modificar la dramaturgia estaba ya presente. Paralelamente nos llega la invitación del CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón) para llevar el proyecto a Villa Lugano, barrio de la Capital Federal argentina, en un principio para una performance con los chicos de la villa durante Halloween en 2017. Es ahí donde decidimos probar una pieza de Motoharu Kawashima, Das Lachenmann (El hombre que ríe), de 2017, que daba voz a un payaso prototípico de película de terror. La experiencia fue un éxito; estuvimos recorriendo esa noche la villa con más de 200 chicos de entre 3 y 11 años, tocando la obra de Kawashima en distintos lugares, sin que mediara en ningín momento el problema del “género”. Esa inmediatez nos llevó a proponer un taller con los chicos donde la idea fuese proponerles a ellos la construcción de una “ópera”.

Eso nos llevó a pensar cómo iba a ser nuestra estrategia para acercarnos a los chicos, siendo que teníamos tres días y ninguno de ellos venía de una experiencia que pudiéramos entender como “formal”. La idea fue, entonces, por un lado, preparar estos encuentros teniendo en claro que debíamos escucharlos a ellos, y por el otro, ampliar nuestra oferta: tradujimos los números de Maria Porten al español, preparamos una computadora con bases para que ellos pudieran escribir sus propias canciones, llevamos todos los instrumentos de Ulrike [Mayer-Spohn], y unos videos donde se veían algunas producciones mías. La estructura salió de la primera conversación con los chicos: el tema de Halloween nos llevó a las películas de terror, que los chicos consumen más que cualquier otro género. El terror los fascina, lo consumen con el mismo espíritu fantástico con el que se consumen los cuentos de hadas (que, dicho sea de paso, también tienen su element horroroso): sirven para procesar lo espantoso del mundo y les permite un espacio muy amplio de juego. Comenzamos entonces a trabajar la idea de personaje de cada uno, asociada a una conducta física, un sonido y un tipo de discurso, que fue unido a la presencia de “investigadores” que se paseaban por una fábrica de muñecos diabólicos, fantasmas y monstruos.

En este punto, es importante comprender que la idea misma que queríamos trabajar con los chicos es muy cercana al concepto de superposición de pericias que es la ópera en sí; o sea, el foco, para nosotros, siempre estuvo en facilitar la escucha en los chicos. La escucha propia y ajena. Ese es el espíritu que la ópera, como arte social que es, puede ayudar a visibilizar, y que los saca del lugar de espectadores pasivos.
La siguiente experiencia (2018) implicó sumar a adolescentes del barrio Ramón Carrillo, quienes propusieron una dramaturgia mucho más compleja y realista: un grupo de jóvenes sobrevivientes de un orfanato lidian con su pasado tortuoso en un presente neoliberal. Esta experiencia también contó con un grupo de flautistas de la misma Villa Lugano y con algunos de los niños del 2017. El proceso fue todavía más complejo, porque los adolescentes están mucho más cuestionados (por ellos mismos, por el entorno, por las redes, por el mundo) y tienen relaciones más concretas con el entorno. Tambián formaron parte de la construcción del espectáculo en la sala del Teatro 25 de mayo (Buenos Aires), donde se vio La Noche de La Bestia en formato de work-in-progress dentro del Festival de Nueva Ópera.

El siguiente paso será sumar las artes visuales, desde la creación del espacio hasta la construcción visual del personaje. La idea es transformar este proyecto en un taller estable de investigación escénico-musical para chicos.