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Esta noche, he dejado caer las bolas en Akhnaten (1). En este show, estoy en escena con diez de los mejores malabaristas DEL MUNDO, literalmente. Tenemos una escena en que todos hacemos malabares con tres bolas, cada uno como parte de un mismo organismo mientras nos desplazamos a modo de viña, componiendo un entretejido el uno alrededor del otro, compartiendo las bolas en una compleja coreografía. Hay un foco sobre mí, un relativo amateur que ha estado haciendo malabares por tan sólo tres años, mientras que mis expertos, geniales e internacionalmente aclamados amigos son figuras en las sombras. No es algo en lo que me pueda permitir pensar; si no, no dejaría la cama. Es algo que hago, simplemente, cuando la música me dice que lo haga y cuando el foco sobre mí así lo indica. Es aquel momento en que debes hacer aquello, según queda de manifiesto alrededor mío. Es aterrorizante, y la sensación de triunfo cuando resulta de modo exitoso es enorme

La pregunta más común que recibo acerca de realizar este espectáculo es “¿Se te han caído alguna vez las bolas mientras hacías malabares?”. Pues ahora sí. Creo que significa que ya soy un malabarista. Siempre me pregunté cómo me sentiría si eso ocurriera, y me alegra que haya ocurrido, porque sobreviví a ello, continué, y el público amó el show a pesar de ello; no lo arruiné.

Se asemeja al miedo que he tenido por décadas de olvidarme la letra en escena. Y hace un par de años finalmente me ocurrió cuando un recitativo de Alidoro en Cenerentola me abandonó en medio de la escena, se desvaneció, y no pude más que decir tonterías en «italiano», mientras que mi generosa y amable compañera de escena apretaba mi mano como si estuviésemos juntos en una montaña rusa (y lo estábamos). A ella ya le había ocurrido y sabía que yo necesitaba sentir cierta firmeza y que no estaba solo. Sobreviví y continué. Otro miedo subió a la superficie hace poco: la inevitable mala crítica. Nabucco, críticas maravillosas por doquier y, luego, un crítico que dijo que mi voz no era bonita. Se sintió como un aguijonazo. Pero sobreviví. Y luego, del mismo modo en que darme cuenta esta noche que dejando caer una de las bolas, soy efectivamente malabarista, me di cuenta de que al exponerme como cantante durante quince años y tener finalmente una mala crítica (en todo momento combatiendo también contra esa voz, siempre presente, para muchos artistas, que dice que no eres talentoso, y que eres un fraude, poco interesante, y que pronto te descubrirán), precisamente en ese momento hiriente en que recibía una dura crítica de forma pública, me percaté de que era un cantante de ópera, y que finalmente me sentía como tal por primera vez.

Zachary James en Akhnaten en English National Opera © Dolly Brown

Lo que hacemos en escena asusta. Un veterano colega lo comparó una vez con saltar de un avión. Salimos delante de miles de extraños y nos entregamos con la esperanza de que sea recibido de un modo en que signifique algo, que entretenga, conmueva o sea recordado. Cuando amigos nuestros vienen al espectáculo suelen preguntar  “¿Te has divertido?”. Rara vez utilizo la palabra «diversión» para describir la experiencia. Es estresante. Es gratificante. Amo la belleza de la experiencia compartida de conectar con la gente tanto en escena como en la audiencia. Es un trabajo intensamente duro el poder concentrarse, a la vez que conectar tu corazón con medios de expresión más tangibles con la esperanza de que se alineen en una autenticidad espontánea y, sin embargo, ensayada. Exige en un modo que no es natural. Y es por ello que me recuerdo en todo momento que puedo renunciar. Habitualmente, renuncio una vez a la semana. Especialmente en temporada de audiciones cuando el agotamiento de venderse a uno mismo resulta insoportable, aunque confusamente embriagante. Usualmente, dura sólo unos pocos minutos hasta que decido retomarlo nuevamente.

Esta noche recordé, por primera vez mientras estaba en escena, que puedo renunciar. Y lo hice. Por cinco segundos me sustraje del antiguo Egipto. Fantaseé con obtener una maestría online, mudarme a un suburbio y tener una casa con garage con puerta automática. Luego el foco se encendió sobre mí. Involuntariamente abrí la boca y le hice el amor frente a 2500 personas, mientras que los textos del antiguo Egipto brotaban de mí, acompañado por la música de Philip Glass. Pero podría haberme ido del escenario y abandonado el edificio. Habría sido una locura. Pero podría haberlo hecho. Y básicamente, eso es lo único que puedes controlar sobre el escenario: estar presente o no. Yo elijo estar presente. Porque mola. No sé qué más podría hacer con mi vida que me haga sentir como esta actividad. Quiero estar en las trincheras. Y eso, a veces, significa dejar caer las bolas.

NOTAS AL PIE:
(1) El comienzo en la versión original es «I dropped my balls tonight in Akhnaten.», un juego de palabras a partir de dos expresiones en inglés, una de las cuales se refiere a «dejar caer la bola» (cometer un error, no manejar una situación de modo adecuado) y la otra en referencia a cuando los niños varones pasan a ser púberes, y de cómo se modifican sus testículos, dando la idea de que ya han crecido.