El ciclo Meyerbeer berlinés prosiguió con Le Pardon de Ploërmel (más conocida con el título de su traducción italiana, Dinorah), la culminación del compositor dentro del campo de la opéra comique y quizás la obra más madura y acabada de su extensísima trayectoria. Ya desde sus primeros contactos con París, Meyerbeer siempre había albergado el sueño de triunfar en la gran metrópolis con una pieza ligera, aunque las circunstancias fueron posponiendo el proyecto. El primer intento llegaría con L’Étoile du Nord (1854) y su inmenso éxito.

Pero fue en Dinorah donde el estilo meyerbeeriano, curtido en las gigantescas estructuras de la grand opéra, pareció transmutarse para dibujar un aparentemente sencillo cuento pastoril que, sin embargo, una escucha atenta de la magnífica partitura desvela una escritura llena de efectos y sorprendentes combinaciones tímbricas. Dinorah fue una de las obras de Meyerbeer que mejor permanecieron en la estima del público, aunque solo justificada por el alarde técnico a que el compositor sometió la vocalidad de la protagonista. Las más grandes sopranos ligeras de las primeras décadas de las 78 revoluciones dejaron su testimonio de la famosa aria de la sombra. También Maria Callas utilizaría frecuentemente el fragmento en sus recitales.

Pero con el paso de los años, la mala prensa fue pesando sobre toda la obra de Meyerbeer, a la que también, en el caso de Dinorah, se añadió la complejidad y extrañeza de su argumento. ¿Cómo representar una ópera donde una cabra es elemento indispensable, además de con leitmotiv propio? Sin embargo uno puede pensar en idéntica problemática con Lohengrin y su cisne, los caballos de las valquirias o el dragón Fafner. Las soluciones pueden ser diferentes y variadas, y mucho más en nuestra época de digitalización.

Lamentablemente en Berlín (4 y 7 de marzo), se optó por repetir la versión concertante que ya había inaugurado el ciclo Meyerbeer en 2014, aunque entonces en el marco de la Philharmonie. Durante este mismo 2020, el pequeño teatro de Görlitz (Sajonia) ha decidido llevar a escena la obra en unas imaginativas representaciones, aunque desgraciadamente en su traducción al alemán. Espera por tanto Dinorah un teatro que haga justicia a tan extraordinaria partitura.

Tras la cancelación de la inicialmente prevista Sabine Devieilhe, la madrileña Rocío Pérez se hizo cargo de la complicada parte de Dinorah, suponemos que en un lapso de tiempo corto de preparación y estudio. Pero no hubo ningún atisbo de improvisación o temor en su interpretación, la soprano consiguió dominar cada una de sus intervenciones con el más sorprendente aplomo. Su timbre bello, cristalino y magníficamente proyectado nos hizo recordar a las grandes ligeras pretéritas de nuestro país; aquellas Barrientos, de Hidalgo, Galvany o Huguet, que dejaron grabaciones imperecederas que aún a día de hoy se escuchan con la más grande admiración. Nuestra soprano aportó además una dicción impoluta y un fraseo inmejorable más allá del simple vehículo de virtuosismo y lucimiento, desde la hipnótica berceuse con que se inicia la ópera, pasando por el hilarante dúo con Corentin o el patetismo de la romanza del acto segundo acto, hasta la culminación de la gran escena de la sombra, que el auditorio berlinés premió con la más importante ovación presenciada durante estos días de fiesta meyerbeeriana. ¡Brava!

A su lado, el Corentin de Philippe Talbot fue un maravilloso contrapunto cómico. El tenor francés domina plenamente el estilo de la opéra comique (pocos días antes había cantado el protagonista de La Dame blanche en su misma sede parisina), con una fina ironía que nunca cayó en el ridículo y una voz pequeña pero suficiente para mostrar los estados cambiantes del histérico personaje. No tiene su personaje ningún momento solista remarcable, pero su complemento nos sonó excelente en los dúos con Dinorah o Hoël.

Régis Mengus substituía al inicialmente anunciado Florian Sempey. Si en el primer acto su prestación pasó bastante desapercibida en el dúo con Corentin o el aria Ô puissante magie, en la bellísima Ah! mon remords te venge del acto tercero, la voz se mostró insuficiente, con una afinación dudosa y cierto cansancio vocal, a pesar de un fraseo bastante remarcable.

Magníficos secundarios en las voces de Seth Carico (cazador), Gideon Poppe (segador) y los cabreros de Nicola Naslett y Karis Tucker.

Pero los grandes triunfadores de la noche, además de la magnífica protagonista, fueron los cuerpos estables de la Deutsche Oper. Coro y orquesta volvieron a alcanzar el nivel de excelencia demostrado la velada anterior con Le Prophète. Nuevamente Enrique Mazzola se puso al frente de una partitura meyerbeeriana, esta vez con una lectura transparente y enérgica que remarcó las bellezas más ocultas, consiguiendo un resultado colorista, dinámico y sutil ya desde la grandiosa obertura con coro que inicia la obra.

Escuchando tan magnífica pieza, quizás la más grande pieza orquestal de Meyerbeer, uno solo puede lamentar el olvido de los grandes coliseos operísticos actuales hacia tan sorprendente compositor.