Desde 1997 resido la mayor parte del año en Viena, y cuando no, casi siempre fuera de España. Salí de mi país porque quería empaparme de la cultura y la oferta musical de Centroeuropa y aprender el idioma de mi adorado Richard Wagner. Ya más de la mitad de mi existencia resido fuera de casa. Además de Wagner y el resto del repertorio alemán, me fascina el repertorio de ópera italiano y por ello disfruto especialmente de mis estancias en Alemania e Italia.

Intuitivamente siempre busco en la música la revelación de un secreto, la explicación de lo inexplicable, respuestas a los eternos interrogantes. Con mayor o menor éxito, la música logra a veces satisfacer esas necesidades existenciales. Sin embargo, en la música alemana e italiana hay un aspecto que no encuentro, algo muy genuino e incomparable, que solo lo da la música española, ya sea la música instrumental, la ópera, la zarzuela, o, como en el caso de Katiuska de Sorozábal, que acabo de dirigir en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, la opereta. Me refiero a la manera sencilla de decir las cosas, la poesía que encierran las armonías aparentemente simples, la fuerza expresiva de las formas pequeñas, como las breves arias de Sorozábal. Me refiero a esa genial sencillez tan alabada en los momentos más puros de Mozart o Schubert pero que abunda en cientos de creaciones desde Soler hasta García Abril pasando por Chapí, Barbieri, Falla, Granados o Mompou.

En el llamado «género chico», independientemente del término que se le quiera dar, esta sencillez, esta inmediatez en la forma de comunicar con el intérprete y el público de manera tan directa, llegan a su mayor refinamiento. A veces me pregunto: ¿qué tiene más intensidad emocional, un elaborado acto de ópera o la inspirada melodía o de una de nuestras preciosas zarzuelas? Por suerte no hay que decantarse por ninguno de los dos. Con esta reflexión sólo me gustaría poner de relieve el valor insustituible de la música española, que regala al mundo calor humano, cariño, alegría, gracia, carisma y belleza, de forma que no encontramos en la música de otro país o cultura. Personalmente he necesitado hacer un largo viaje y estar mucho tiempo fuera de mi país natal para darme cuenta de la riqueza de su música, imprescindible compañera, sin la cual la vida sería quizás igual de interesante y her

La soprano Rocío Ignacio en el rol titular de Katiuska de Pablo Sorozábal.

mosa pero menos entrañable.

La partitura de Katiuska es de una belleza extraordinaria. La riqueza de sus melodías habla por sí misma, pero como director de orquesta puedo constatar que la orquestación de Sorozábal es exquisita, de una sorprendente economía de medios, donde casi no hay líneas redobladas y todas las combinaciones de instrumentos están perfectamente pensadas para empastar y para conseguir un color concreto dependiendo de la atmósfera que quiere presentar en el escenario y del carácter del personaje que está cantando. Por ejemplo, hace que los trombones toquen casi siempre las armonías centrales y no la línea del bajo, como hacen otros los compositores, dando a esos momentos una oscura expresividad; las mandolinas, siempre en trémolo, evocan la sonoridad de las balalaikas, para dar un tinte ruso a la sonoridad; la batería y el banjo nos llevan al ambiente de cabaret en el Vals de Boston y el Fox-trot; y todo ello formando parte de una gran unidad que hace de Katiuska una auténtica obra maestra.