En una temporada no exenta de figuras que ciertamente se han aventurado en repertorios de lo más variados y que han demostrado las infinitas posibilidades de este género de cámara (quepa citar la maestría de Christian Gerhaher, la emotiva y adecuadamente sobria interpretación de Winterreise a cargo de Adrianne Pieczonka, o la sencillez meliflua de Bernarda Fink visitando canciones de motivos mayormente rurales entre las tradiciones checa y argentina, sólo por mencionar algunos), el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) han dado cierre a la serie con la brillante presentación de los barítonos Florian Boesch y Thomas Quasthoff (como narrador, en esta oportunidad) y el tenor Michael Schade, acompañados por el pianista Justus Zeyen.

Con especial atención en «la época más gloriosa del lied alemán», en palabras de Luis Gago en las notas del programa de mano del evento, el conjunto de artistas recorrió parte del entramado que une a compositores de la talla de Schubert, Schumann, Brahms, Mendelssohn-Bartholdy, Liszt y Wolf con textos de Heinrich Heine y de Joseph von Eichendorff, entre otros (una rareza ofrecida fue uno de los textos incluidos en el programa, acuñado por el propio Friedrich Nietzsche, a cargo del barítono Thomas Quasthoff, quien ofició, en este caso, como narrador de la velada).

Con la intención inicial, seguramente, de presentar textos que aportaran el tono para las canciones venideras en las manos expertas de Boesch y Schade, las narraciones devinieron, con el correr de la noche, en piezas de interés por sí mismas, y gracias también, sin lugar a dudas, al compromiso interpretativo provisto por Quasthoff. En tanto las piezas habladas ganaban en extensión, mayor era la subyugación que provocaban los relatos del narrador; puntos altos de la velada fueron, indudablemente, Schön Hedwig del escritor Friedrich Hebbel, y Die Brautnacht, de Heine, al comienzo de la segunda mitad del recital. Quasthoff fue generoso en su declamación y en la caracterización con arrojo, pero sin exageraciones, de los diversos personajes que intervenían en los poemas, en tanto Zeyen, al piano, dialogaba perfectamente con la naturalmente musical interpretación de Quasthoff en la primera de las dos obras mencionadas. Diversos elementos de las obras recuerdan las baladas de Loewe, presentadas asimismo en la que fuera la primera mitad de otro glorioso recital de este ciclo, meses atrás, a cargo del bajo Franz-Josef Selig.

Schade y Boesch, tenor y barítono respectivamente, destacaron individual a la vez que conjuntamente, ofreciendo dúos compuestos por Mendelssohn-Bartholdy y Schumann. Boesch cantó primero a dúo, imponiendo más tarde su marca al momento de interpretar de manera solista un set de tres de las seis canciones que Schubert compuso sobre textos de Heine: Ihr Bild, Der Doppelgänger y Der Atlas. Las tres canciones fueron presentadas con su voz de bellísimo barniz y una contundencia desoladora, preludio de la intensidad con que trazaría el arco dramático que impone Die Loreley, de Liszt, y que interpretó en la segunda parte del recital.

Pianista Justus Zeyen, Thomas Quasthoff, Florian Boesch y Michael Schade © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) – Ben Vine.

Michael Schade por su parte, ofreció desde el primer momento el mismo nivel de seguridad técnica que su compañero, una entonación clara, por momentos potente y, en otras ocasiones, produciendo los más bellos pianissimi. El último conjunto de canciones de Wolf le permitió también hacer gala de su sentido del humor, en lo que a caracterización se refiere.

El entusiasmo que provocaron los artistas se vio reflejado no sólo en los clásicos (y esperables) bises, sino también en el prolongado aplauso del público al culminar apenas la primera parte, convocando a los músicos a salir a escena una segunda vez, aún antes del intervalo.

Un cierre inmejorable para un ciclo que no deja de sorprender.