En la noche de ayer, la soprano búlgara Sonya Yoncheva se presentó en el Teatro Real luego de una ausencia de cinco años en el coliseo madrileño, habiendo cantado anteriormente en puestas de  Il ritorno d’Ulisse in patria (Monteverdi) en el año 2009 y Roméo et Juliette (Gounod) en el 2014; y en tanto aguardamos su regreso en Madrid a la ópera escenificada con Il Pirata, de Vincenzo Bellini, programada para antes de fin de año junto al tenor mexicano Javier Camarena, su ausencia en estos años ha sido saldada con creces.

Excelentemente acompañada por el pianista Antoine Palloc, el recital denominado Ad una stella, en referencia a una de las composiciones que Verdi incluyera en sus Sei romanze del año 1845, dio comienzo efectivamente con una serie de canciones del maestro Busseto que constituyeron la totalidad de una brevísima primera parte. Correcta en su interpretación, aún haciendo gala de su técnica, gran musicalidad y de un magnífico fiato (aún más sorprendente dado que cursa un embarazo avanzado), esta primera selección de composiciones verdianas se percibió más bien como un ejercicio compositivo en lo que a Verdi atañe, y una oportunidad para que Yoncheva se preparara para una segunda parte de mayor compromiso expresivo.

En palabras del especialista en la obra de Verdi, Julian Budden, justamente Ad una stella, pieza central en la primera mitad de la presentación, es aquella cuya “melodía muestra ese pequeño toque de lo inesperado, lo cual raramente ocurre en las piezas de salón de Verdi”. La canción supuso, asimismo, un atisbo de la franqueza en el decir y la calidez que invadiría el próximo tramo de la función. [Consultar aquí el resto del repertorio interpretado.]

Leoncavallo, Ruta, Tosti, Martucci, Tirindelli y Puccini, una generación menores que Verdi, habilitaron a Yoncheva una prestancia más sensual y la posibilidad de mayor colorido en su vocalidad en la más extendida segunda mitad de su presentación.

El final del recital estuvo marcado por una serie de bises que, salvo un irregular O mio babbino caro (de la ópera Gianni Schicchi de Puccini), dieron cuenta no sólo de la envergadura musical de Yoncheva, sino también de la fluidez de su vínculo con la escena. Comenzando por Donde lieta uscì (La Bohème, Puccini) y continuando con la Habanera de Carmen (Bizet), Yoncheva dio vida a dos personajes disímiles con absoluta credibilidad y dominando el espacio escénico. El bis final, Adieu, notre petite table (Manon, de Massenet) fue igualmente encomiable, tanto musical como interpretativamente.